Para ser nosotros mismos
Este domingo leí en LA NUEVA ESPAÑA la preocupante opinión de la gente tras la experiencia tenida en este año tan marcado por el covid-19. Ninguna opinión me pareció frívola, pero sí percibí desorientación y hasta desaliento. Lástima que tengan que llegar momentos como este en nuestra vida para caer en la cuenta de que la vida tiene una profundidad que antes no nos habíamos parado a sospechar. La desdichada pandemia nos ha puesto a prueba durante todo el año, y a muchos más bien nos ha abrumado. Las opiniones leídas no me dejaron nada protegido, más bien aturdido. Y podría añadir, tras este largo e inquietante año, que estoy como despertando de las mayores amenazas que puede traerte un sueño. Sin embargo, creo que tras esta experiencia también hemos caído en la cuenta de que la vida tenía una profundidad mucho mayor de la que le estábamos dando.
Tras lo vivido y sufrido por la gente, de poco valdrá ya el que ahora solo miremos a la altura, ni nos quedemos tampoco en el mundo de abajo en el que cómodamente nos habíamos instalado. Ya no nos podemos quedar encerrados. Debemos despertarnos, abrir bien nuestros ojos, coger aliento, pues el mundo que viene nos pondrá a todos a prueba. La epidemia nos sigue obligando, por otra parte, a ser abiertos al mundo real, a sumergirnos en ese mundo de sufrimientos y necesidades que la epidemia va dejando tras de sí.
Por lo demás, dejemos que Dios siga siendo un misterio para el hombre y la mujer, aunque podamos, como Santa Teresa, encontrar su misterio en todo momento entre nuestros pucheros. Si Dios se esconde es para que seamos nosotros mismos. Dejemos también que el hombre y la mujer sigan siendo un misterio para Dios, aunque por ellos sufra y le causen algún que otro rompedero de cabeza. Las víctimas nos ponen a todos a prueba. Despertemos, abramos bien los ojos, veamos dónde realmente se muestra lo que es el amor. Por lo demás, no olvidemos lo que en otro tiempo nos decía Rainer Maria Rilke: "El otro nunca es otra cosa que un rodeo hacia nosotros".
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