La ciencia de la verdad
A todos nos gusta la ciencia, o creemos que nos gusta. Queremos saber exactamente cómo son las cosas, quisiéramos saber incluso si la vacuna es efectiva y no deja secuelas peores que el covid. Y si nos lo explican en lenguaje científico comprensible, mejor. Y ¿qué es ciencia? Según el diccionario: "Conocimiento cierto y adquirido de lo que existe, de sus principios y de sus causas".
No estaría mal que se incluyera en la Constitución un artículo que garantizara los principios científicos de todo aquello que la norma exige. O no estaría de más que todo aquel que la jura o promete garantizara su acatamiento a esa verdad científicamente social. No obstante, una vez metidos en harina, nos damos cuenta de que no toda verdad, por muy científica que sea, nos acomoda, y entonces... deja de gustarnos la ciencia.
Pongamos algún ejemplo: el tabaco mata, pero no solo al fumador, también al fumador pasivo involuntario. El humo que expulsa el fumador es incluso más dañino que el que aspira, porque contiene una mayor concentración de sustancias perjudiciales. Según la OMS alrededor de 250 millones de niños que viven hoy en el mundo morirán por causa del tabaco. Eso es una verdad científica.
Otra verdad es que Dios se manifiesta científicamente por medio de la creación, pero reconocer eso nos obliga a acepta sus normas de lo que está bien y lo que está mal. Él, o el Dios al que dice adorar toda la Cristiandad, ya ha visto que eso no gusta en general, y prefieren una adoración sucedánea dirigida a la creación misma o a los ídolos: "Pretendiendo ser sabios, se hicieron necios... ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas más bien que al Creador" (Romanos 1:18-32) (Éxodo 20:4-6).
¿Nos gustaría conocernos a nosotros mismos científicamente? Hace falta mucha, mucha sinceridad, pero el resultado de aceptar la verdad puede ser el principio de nuestra libertad y futuro.
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