De Madrid al cielo
“Quienes pasan por debajo del puente peatonal que une el Parque de Roma con Moratalaz pueden leer que se dirigen ‘De Madrid al cielo’”. Y así pretende que sea el comunista bolivariano Pablo Iglesias. “Hay que asaltar los cielos”, arengaba el líder podemista desde aquellos círculos con sede en la capital de España y que terminaron en asaltos –eso sí– pero al poder, a la ocupación de vivienda ajena y al dinero. Ese poderoso caballero, que solo está a disposición de la nomenclatura de la izquierda y lejos del proletariado que dicen defender.
Para hacer efectivo el asalto al paraíso comunista, qué mejor lugar que Madrid. Allí lo tienen ya escrito y previsto ¡el cielo!; así que solo falta el líder que guie a la manada a su conquista. ¿Y quién otro que el mesías profético? Él ya conquistó su cielo particular en la tierra: su mansión, su poder y el de su esposa, sus hijos bajo la vigilancia del funcionariado de alto nivel, y la memoria histórica de sus ancestros libre de toda sospecha. Ahora toca retirarse con honor, aunque este haya supuesto una deshonra para España y una traición a sus electores. Quiere jugárselo todo a una sola carta, sabiendo que solo tiene una posible de las cuatro en juego. Pero aun sabiéndolo es mejor que terminar cesado en su cargo de vicepresidente, jamás soñado y nunca merecido.
Quiere salir de su vida de burgués, aunque solo sea de cara a la galería. Desea que lo reconozcan como el vecino que lo fue de una barriada madrileña. Y quiere, cómo no, terminar su pésima gestión, tal vez, visitando alguna residencia de ancianos, pero acusando a la candidata del PP de ser la responsable de los ataúdes que de ellas salieron, aunque él fuera el responsable de la política asistencial en los centros de la tercera edad. ¿Hasta dónde puede llegar su falta de escrúpulos? ¿Hasta dónde su farsa no ya para los españoles, sino para sus seguidores? Teatro –y solo teatro– es lo que ha decido hacer. Teatro, porque es el único lugar donde un actor representa su farsa, con publico incluido, como parte de su obra. Y como es una interpretación, siempre cabe la posibilidad de ser aceptada por el público, o una parte de él, aunque sea la mayor de las comedias dramáticas. Y esa obra la quiere representar ante el gran teatro que es Madrid, aunque mucho me temo que, en la capital de las representaciones teatrales por excelencia, su farsa sea tomada no como una buena actuación, sino como un trágico drama, que no representará más que una realidad luctuosa de la que fue víctima una generación de mayores que no merecían haber terminado sus días en el mayor de los abandonos humanos y sanitarios.
Los madrileños tienen muy arraigado que vivir en Madrid es estar a un paso del Cielo. Pero saben que este no se toma por asalto; se gana aquí, desde la Almudena hasta Tajamar, en cada lugar con su idiosincrasia propia. Con obras que son amores, y no con buenas razones. Con hechos (trece hospitales públicos) y no con populismo; con datos que avalan, sí no una gestión, sí una intención: la de velar por las personas antes que las ideologías, los partidos y los intereses de grupo, siempre inclinados estos más a sus beneficios que a sus beneficiarios.
Muchas son las críticas que se han vertido sobre la gestión de quien hoy rige los destinos de la Comunidad Autónoma de Madrid. Pero son muchas más, las que le reconocen un mérito, una capacidad y una visión política que, en dos años, ha situado a la capital de España en el contexto europeo y ejemplo del buen hacer en todos los órdenes. Algo que, dadas las circunstancias desfavorables, con la que ha tenido que lidiar, desde el Gobierno de Pedro Sánchez hasta una oposición inmisericorde, fuera y dentro de su propio gobierno, pasando por una pandemia que, aunque supo enfrentarse a ella, con mucha más efectividad que el mismo ministro, ha mermado, como no podía ser de otra manera, sus posibilidades de una mejor gestión.
Ahora, con muy buen criterio, ha devuelto la voz a los madrileños, a pesar de quienes se llenan la boca de democracia y de libertad, y hoy se postulan a sustituirla, y no por su apego a las urnas, que de ellas querían huir como del virus, sino por una sentencia judicial que les quitaba la posibilidad de asaltar el poder (sus cielos) sin pasar por el filtro del electorado. Por ello, no tengo por menos que desear a los madrileños que acierten. Que pasen “de las musas al teatro”. De los de la movida y los escraches al respeto a la ley. De los que invaden la propiedad privada, a quienes la defienden. De los que venden una libertad sin fronteras, a quienes conciben esta con el límite que lógicamente termina donde empieza la del prójimo.
En suma, de quienes defienden un Madrid con sus costumbres, sus usos, su tradición, su cultura, y no con quienes quieren reescribir la historia, apelando siempre al pasado, pero al pasado que más les interesa a ellos. Así y con todo: ojalá Madrid vuelva a sonreír el 4 de mayo.
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