¿Señorías? ¿De qué?
Señoría: tratamiento que se da a las personas a quienes compete por su dignidad, como a los jueces y los diputados.
Dignidad: cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden.
Si nos creemos que el Congreso de los Diputados es el órgano constitucional que representa al pueblo español, yo creo que una de dos: o el pueblo español es una banda de impresentables arrabaleros, o que los partidos políticos están haciendo un esfuerzo ímprobo en reclutar lo más indecente que pisa la tierra, para elevarlos al altar de la Cámara baja.
Estoy bastante harto, por no decir hastiado, de los rifirrafes a que nos tienen acostumbrados, del teatrillo, de las escenas planificadas, de los cartelitos, de las broncas, de la crispación, y creo que yo no soy el único. Ustedes, que en medio del barullo se hacen llamar “señorías”, ignorando que tal acepción es un tratamiento que se dispensa a personas por su dignidad, olvidan que la dignidad es hacerse valer como persona, comportarse responsablemente, con seriedad y respeto, tanto hacia sí mismo como a los demás, cosa que parece que olvidan en el momento que empiezan a percibir prebendas y emolumentos tan inmerecidos, ¿Alguien con un mínimo de decencia cree que se puede permitir a un político, sea conservador o progresista, replicar a otro diputado con un “vete al médico” cuando se está tratando un tema tan serio como el de la salud mental de los ciudadanos como consecuencia de la pandemia? ¿Consideran ustedes una muestra de respeto y tolerancia mofarse públicamente de una persona porque cambiara de sexo? ¿Creen ustedes que en pleno siglo XXI puede tolerarse que un diputado se dirija a una ministra con desprecio a su persona por filiación política y sexo?... piénsenselo bien, hablo de casos recientes por no remontarme en el tiempo, y sepan que la justificación les eleva a ustedes a la misma condición que esos descarados, en cuyo caso debería remitirme a mis primeras palabras y reconocer que esos indecentes son buena representación del pueblo.
Después de meter la pata hasta el corvejón llega la hora de disculparse, no sé si por exigencia de alguien de su partido, de un compañero-a, o porque se dio cuenta de la gravedad de sus palabras, pero esa disculpa se hace a través de Twitter... plas, plas, plas, (aplausos por favor) sí señor, muy elegante. Delante de las cámaras nos hacemos con el minuto de gloria (y digo gloria porque estoy seguro de que muchos-as disfrutarán con esas salidas de tono), pero a la hora de retractarse lo hacen escondidos tras el perfil de una red social. Por si esto no fuera lo suficientemente grave, lo de presentar la dimisión en este país es algo tan descabellado que posiblemente me tachen de loco si les digo que, en cualquier país decente, sería motivo suficiente para cerrar la puerta por fuera después de disculparse públicamente, pero aquí “sus señorías” son capaces de bajarse los pantalones y ponerse a cuatro patas antes de perder lo que todos sabemos, y que por desgracia en este país está demostrado que es lo único que vale.
Sigan riéndoles las gracias a los indignos sinvergüenzas que mullen sus posaderas sobre fajos de billetes, y reposan su castigada y trabajada espalda en un respaldo de aforamientos, sigan tolerando este espectáculo impropio de una institución tan representativa para el pueblo, sigan, y si se creen mejor que ellos, ríanse y mírense al espejo, pues no tengo la menor duda de que sería capaz de reconocerlos con tan solo ver su actitud en cualquier espacio público, porque hablamos de educación, de tolerancia, de respeto, honestidad, empatía... es decir, todas esas cualidades de las que adolecen y que al tiempo les hace enorgullecerse y crecerse en sus círculos más cercanos.
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