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La brecha generacional

24 de Marzo del 2021 - Jose Luis Hevia (Oviedo)

Tengo que reconocerlo, pertenezco a la generación que dio los primeros pasos hacia la brecha generacional: empecé a tutear a mis padres, lo que ellos no hacían con los suyos, pero no por ello les perdí el respeto ni me instalé en la desobediencia ni en la rebeldía; ni renuncié a sus valores y costumbres.

Nuestros padres y nuestros maestros nos enseñaron a amar a Dios, a no jurar en vano, a santificar las fiestas, a honrar padre y madre, a no matar, a no fornicar, a no hurtar, a no levantar falso testimonio, a no mentir… Y nos lo aprendimos de memoria, como nos aprendíamos la tabla de multiplicar y los ríos y cabos de España. Hoy los niños no se aprenden nada de memoria. Y eso se nota.

También nos enseñaron nuestros padres y maestros a respetar a las personas mayores, la urbanidad en la mesa, la educación y cortesía en la calle, la obediencia a la autoridad, el orden, la disciplina, el esfuerzo en el estudio y en el trabajo, la austeridad en la vida, el respeto a la palabra dada, a la verdad y al juramento, a la patria, al himno y a la bandera. Y todo eso parece haber cambiado bastante hoy día; al menos, así nos parece a nosotros, y la brecha empezó a transformarse en barranco.

Los años fueron pasando y un día vimos jóvenes con crestas de colores emulando exóticas aves tropicales, vistiendo extravagantes ropas y viviendo en modo hippie; luego vinieron las estúpidas modas de los tatuajes masivos, los piercings en la boca y los pantalones destrozados. Y las cosas empezaron a ir mucho peor con el lenguaje soez y blasfemo, en chicos y en chicas, la cocaína, el hachís, los botellones, los comas etílicos, la guerrilla urbana, las manadas, las peleas callejeras y los asesinatos de mujeres y nuestra generación empezó a asombrarse, a asombrarse primero, porque no lo habíamos visto nunca, y a asustarse después, y el barranco siguió profundizándose.

Pienso que esta evolución de la sociedad proviene de la deformación del término “libertad”. Esta palabra, usada hoy profusamente por todas las familias políticas como insignia propia y exclusiva de cada una de ellas, pero con interpretación propia también en cada una de ellas, tiene igualmente una interpretación particular para la juventud. Para el Diccionario de la Real Academia Española, libertad es la facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, “por lo que es responsable de sus actos”. Pero es evidente que hoy en día muchos jóvenes no consideran que la libertad los obligue a ser responsables de sus actos ni a detenerse donde empieza la libertad de los demás, ni tampoco la Autoridad está dispuesta a explicárselo: véase la tolerancia con que se tratan las vandálicas actuaciones de los encapuchados de la guerrilla urbana o la moderación con que se disuelven las concurridas fiestas de los negacionistas de la pandemia que nos agobia. En ambos casos, los jóvenes dicen actuar precisamente en nombre de la libertad, de su libertad absoluta. O véase la protección que se dispensa, en nombre esta vez de la libertad de expresión, a los que insultan o difaman, con apoyo muchas veces de los tribunales, quienes, sin embargo, castigan severamente la reacción del ofendido cuando consideran que ha sido “desproporcionada”. Y me viene a la mente otro tema: la palabra “embriaguez” ha pasado de vicio censurable a atenuante en agresiones y homicidios.

Pero la brecha y el barranco se convierten en abismo cuando vemos que la marea está llegando ya a las máximas instancias del Poder, al que están incorporándose demasiados personajes, jóvenes y no tan jóvenes, con ideas descabelladas: los hijos no son de los padres, el sexo –o el género, dicen– se podrá cambiar con la misma facilidad con que se cambia el contrato telefónico, los cursos académicos se superarán suspendiendo las asignaturas, se pretende vulnerar mediante ley principios fundamentales como la presunción de inocencia (principio recogido tanto en la Constitución como en la Declaración de los Derechos Humanos), y se permite que los okupas de adueñen de las viviendas y que los lobos acaben con el ganado doméstico. Finalmente, radicales activistas de la igualdad femenina pretenden llegar a extremos que pondrían a la Humanidad en trance de ser clasificada como especie en peligro de extinción.

Demasiados cambios está sufriendo nuestra sociedad en los últimos tiempos, más que suficientes para pensar que ha llegado el final de una era, al menos de la nuestra. Pero los cambios sociales no son los únicos: el climático y la globalización nos acechan con serias amenazas y el tecnológico nos promete alucinantes perspectivas. No sé si se ha acabado una época, pero estoy seguro de que ha comenzado otra. Nuestra generación morirá sin saber qué va a pasar.

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