Viva la vida
Como si de una burla cruel del destino se tratase, el día de la Anunciación, un día de esperanza para los cristianos, tenía lugar la publicación en el "Boletín Oficial" de la mal llamada ley de eutanasia, pues no se trata de una norma para procurar una buena muerte, como etimológicamente se concluye, sino para acabar con la vida de quienes, en su desesperación, han perdido toda expectativa de un futuro mejor. Lejos de ofrecer las alternativas de las que la ciencia dispone, la mayoría actual parlamentaria, de claras hechuras laicistas, ha resuelto acabar supuestamente con el sufrimiento humano añadiendo aún más dolor a las familias al excluir de una forma harto negligente las consecuencias que para toda persona supone firmar la sentencia de muerte de un ser querido.
En tan solo trece artículos y diecinueve páginas del "Boletín" no solo se esconde la mayor de las ignominias, sino una amenaza directa a la vida de todos y cada uno de nosotros, ya que la inseguridad jurídica que destila la norma en cuestión conlleva a que incluso pueda solicitar la eutanasia el médico que trate a un paciente impedido o incapaz que, tiempo atrás y a saber en qué momento personal, hubiera manifestado públicamente su deseo de morir. Son trece artículos preñados de términos jurídicos indeterminados que irremediablemente conducirán al escenario de pendiente resbaladiza existente en otros países que ya han aprobado con anterioridad leyes similares. Es el caso de Bélgica, donde las iniciales buenas intenciones de acabar con los padecimientos incurables e insoportables del paciente han derivado, casi veinte años más tarde, en el uso de la eutanasia como un medio de suicidio asistido. También es el caso de Holanda, donde un senador holandés, Edward Brongersma, recibió la ayuda médica para morir pese a que no padecía ninguna enfermedad letal diagnosticada, únicamente porque se declaraba, literalmente, cansado de vivir.
La legalización de la eutanasia conduce irremediablemente a menospreciar la existencia de quienes la Administración ya considera inútiles, como si sus vidas no merecieran la pena ser vividas, denominando "muerte digna" como subterfugio de lo que, en definitiva, no deja de ser un mero descarte de seres humanos. Asimismo, la eutanasia inundará de sospechas la relación del paciente con sus médicos y con sus propios familiares, por cuanto aquellos dejarán de ser sujetos activos de su esperanza de sanación para convertirse en potenciales amenazas, y los últimos se convertirán en sus virtuales verdugos. Por último, la investigación en cuidados paliativos sufrirá un claro retroceso, ya que matar al enfermo se convierte en la opción más barata, lo que contribuye a que los cuidados paliativos acaben por ser un lujo únicamente al alcance de quienes tengan mayor poder adquisitivo, terminando por ser la eutanasia el medio más accesible a las clases económicamente más débiles. Y todo ello, por gracia de las fuerzas políticas que dicen defender los intereses de las clases más humildes. Es la sempiterna paradoja social-comunista.
En último lugar, y contrariamente a lo que la propia ley recoge en su objeto, la eutanasia no puede ser catalogada como un derecho. Por más que se empeñen los parlamentarios que han promovido, apoyado y aplaudido prolongadamente la aprobación de la ley, siempre existirá un derecho a la vida, mas no a procurar la muerte de nadie, por mucho que quieran convertirlo en un acto digno. Porque sin vida, ya no hay dignidad posible.
En honor a mi padre, quien postrado en su cama y sometido a una enfermedad irreversible optó hasta su último aliento siempre por vivir, manifiesto mi amor por la vida.
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