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Si no los mata el virus los matará la tristeza

27 de Marzo del 2021 - Alberto de Miguel Martínez (Avilés)

Cómo olvidar aquellos primeros meses de la pandemia de covid-19, cuando el virus se cebó especialmente con nuestros mayores, y especialmente en los centros residenciales geriátricos.

Nuestros padres, madres, abuelos y abuelas, alcanzada en muchos casos la ochentena, incluso sobrepasándola, supervivientes de unos tiempos de guerra civil y posguerra especialmente duros, pues si traumática y cruenta fue la primera no lo fue menos el periodo posterior, impelidos a levantar un país asolado con las únicas herramientas de su sacrificio y voluntariedad en unas circunstancias sociales y políticas nada favorables, aunque la imperiosa necesidad de sobrevivir y sacar adelante a sus familias fue motivo suficiente para alcanzar el bienestar que hoy gozamos gracias a ese esfuerzo. Estábamos en la idea equivocada de que el mundo casi feliz alcanzado duraría siempre y, para desengañarnos de esa ingenua creencia, aparece este monstruo invisible y letal, de difícil control, que se ensaña especialmente con ellos, nuestros mayores.

En un primer momento resultó muy doloroso comprobar cómo fallecían de forma inmisericorde y en la más absoluta soledad, provocando crisis de angustia y desolación en los familiares y allegados causada por la impotencia de no poder hacer nada, ni tan siquiera ofrecerles un entierro digno. Estado que era compartido por familias que por afinidad con las anteriores podían presagiar verse en cualquier momento expuestas a situaciones similares de tan trágico final. Nuestros mayores no merecen este final tan injusto a una vida de tanto sacrificio, tenemos que ser capaces de ofrecerles algo mejor.

Indiscutiblemente, fue un acierto la decisión de las autoridades sanitarias de comenzar la vacunación contra el covid-19 por ellos. Se lo merecen social y humanamente. A día de hoy, prácticamente todos los centros geriátricos están limpios de virus, lo que corrobora el éxito de la decisión.

Tengo que destacar la gestión de aquellos centros que hasta en los momentos más críticos fueron capaces de permanecer impermeables al contagio, tanto por la buena gestión de sus direcciones como por la profesionalidad y responsabilidad de sus trabajadores, conscientes en todo momento de que debían de protegerse para proteger. Mi madre, con 94 años y los últimos tres postrada en una cama, está siendo maravillosamente atendida en el Centro Gerontológico Washington en Colloto, uno de los que lograron blindarse ante la pandemia. Ningún caso de coronavirus. Públicamente me veo en la obligación de expresarles mi agradecimiento.

En estos momentos, con la totalidad de los ingresados en centros residenciales de mayores vacunados, es una lástima que la acertada decisión inicial de las autoridades sanitarias inmunizándolos se vea empañada por la pertinaz e incomprensible pretensión de añadirles más sufrimiento impidiendo las visitas familiares controladas y reduciéndolas, cuando estaban permitidas, a una ridícula media hora semanal. Es un castigo que desde luego no se merecen, más teniendo en cuenta que las visitas no habían provocado la aparición de ningún contagio, que se sepa.

Yo invitaría al responsable de esa decisión, tomada insensiblemente en base a la fría estadística, a acompañarme en una de las visitas y comprobar el efecto que produce en el familiar lúcido. No es justo que al final de la poca vida que pueda quedar haya que pasar momentos tan angustiosos y desoladores, tanto por no recibir visitas como, cuando las hay, por limitarlas a un espacio de tiempo irrisorio. La vida es importante, pero la felicidad lo es mucho más.

Pido a las autoridades sanitarias y de servicios sociales una revisión de las condiciones de visitas a centros residenciales geriátricos, teniendo en cuenta criterios de más humanidad y menos burocráticos. Si no los mata el virus los matará la tristeza, y, sinceramente, no sé qué es peor.

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