Artrosis de origen cultural
Vaya por delante mi enorme reconocimiento a Pablo de María por la magnífica pasión que viene poniendo desde hace siete años en la organización del festival SACO y los ciclos RADAR (también de cine/arte en el Museo Arqueológico), que nos permiten poder disfrutar en Oviedo de películas de altísima calidad, tanto de máxima actualidad como clásicas, en todos sus géneros. Y al Principado por seguir facilitándonos la ilusión de una cierta normalidad, posibilitando nuestra asistencia a los eventos culturales (otra especie de vacuna necesaria), cine, teatro, ópera, zarzuela, galerías, museos.
Pero el propósito de estas líneas es otro, pues tememos que, debido a las necesarias e incuestionadas restricciones de aforo, los muy fanáticos al cine estamos comenzando a desarrollar comportamientos nada salutíferos que bien podrían dejarnos en el futuro desconocidas secuelas, físicas y mentales. Efectos colaterales de adaptación a la pandemia. Pues dado que las entradas para poder asistir a los pases comienzan a ofrecerse el día anterior a su proyección, a las 11 en punto (nada que objetar), y que a las 11.03 ya han quedado fulminantemente agotadas, ¿qué hacer para conseguirlas en los escasos y eternos 180 segundos de que disponemos? Obviando consideraciones técnicas (estar registrado en la página, conectarse con tiempo, etc.) hay que habilitar un reloj con horario internacional, para fijar al milisegundo la hora exacta. Hay que activar un despertador o alarma a las 10.56, a más tardar, para estar ya aprontados con tiempo delante del ordenador. Y llegadas las 10.59, abducirse devocionalmente frente a la pantalla, inmóviles, sin pestañear, mirándola fijamente, con las manos prestas a pulsar las opciones para reservar, luchando impasibles con el agarrotamiento que comienza a deslizarse por nuestros dedos (a buen seguro terminaremos siendo futuros dolientes de artrosis cultural, si esto sigue así), inmóviles, ajenos a cualquier atisbo de vida próxima (no responder a hijos, pareja, progenitores, llamadas, perros, vecinos, carteros), sintiendo frío, pulsaciones elevadas, salivación, fotopsias. Entonces, en cuanto aparece en el visor el mágico número (11.00), explotar pinchando en la pestaña eventos, bajar el cursor a velocidad justa para no pasarse, clicar en adquirir entradas, elegir butaca, confirmar, obviar cualquier lapso que invalide todo (muchos otros seres están haciendo lo mismo que nosotros, tratando de reservar las mismas localidades y, más céleres, se nos cuelan), cambiar de opción, buscar otras, repetir el proceso, y todo ello sujetos a los conocidos caprichos informáticos, siempre del todo inoportunos, plasmados como amables en esas preguntas y/o afirmaciones absurdas y odiosas que nos hace la máquina en mitad de trance: ¿está seguro de que quiere abandonar la página?, ¿acaso ha olvidado su nombre?, ¿desea usted cerrar todas las ventanas?
Si finalmente un rótulo verde confirma nuestro éxito, nacemos de nuevo al mundo, titilando de párkinson cultural, y mirando beatíficamente a nuestro alrededor, descubriendo con alegría que la vida continúa, que no es muda, que tal vez haya alguien gritándonos desde la otra punta de casa... Mas si es la frustración la que se dilata inexorable, al observar impotentes cómo todas las localidades disponibles van tornándose rojas hasta su total devoración, la desolación contenida también nos despierta a la realidad, en este caso callada, malograda, tristona. Quizá los gritos que nos llaman sí sean parecidos. En fin. Otra vez será.
Una última consideración: cuando todos los que hemos conseguido entrada nos encontramos al día siguiente en el Filarmónica, nos embarga (pues creo que es compartido) un cálido sentimiento de hermandad. Si me es permitido, de confraternización friki, reconociéndonos de inmediato como exitosos contribuyentes que a las 11.00 se lanzaron poseídos en pos de anisadas entradas gratuitas, ajenos a las posibles secuelas que tal comportamiento pudiera depararnos en nuestra salud futura.
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