Otro repaso de psicología optimista
Con el tiempo que tenemos no está de más recordar que, hace algo más de una década, tuvieron un notable éxito popular los libros y los cursos de autoayuda que el psicólogo Martin Seligman difundió desde USA, con el sello de su psicología positiva, escuela que se preocupa más por trabajar las raíces de la felicidad humana que las causas de la patología mental.
En su libro “La felicidad auténtica” explicaba el enorme aumento de la depresión y la ansiedad que sufren los ciudadanos de las sociedades ricas. Y basaba su hipótesis en los “atajos” que se pretenden seguir para conseguir la felicidad, como son, por ejemplo, las drogas, las compras, el sexo sin amor o la televisión, en detrimento de otros aspectos verdaderamente positivos de la vida, como el desarrollo personal y el sentido de la vida. Otra razón es que “cada vez pesa más el individuo y menos las colectividades. La familia cada vez es más pequeña, se desvanecen las ataduras a la nación, a la comunidad, al grupo religioso. Estas eran las instituciones tradicionales que nos apoyaban en los momentos difíciles, que a lo largo de la historia han sido las medidas antidepresivas más eficaces, y están desapareciendo”, decía.
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Hace una década se mostraba optimista respecto al futuro de la Humanidad, a pesar de que no estábamos pasando por los mejores momentos: “Nos esperan unos meses difíciles –decía–. Pero ni Sadam fue Hitler, ni Osama (Bin Laden) fue Stalin, ni esta crisis económica es la Gran Depresión (...). El siglo XX fue el siglo de Hitler y de Stalin y de sus consecuencias, pero conseguimos vencerles”.
Tiene incluso una receta para la felicidad, que muy en resumen la articula en tres niveles. En primer lugar, se trata de llenar la vida de posibles satisfacciones y compartirlas con los demás, describirlas, recordarlas y utilizar la reflexión para ser más consciente. “Pero este es el nivel más superficial. El segundo nivel, el de la buena vida, se refiere a lo que Aristóteles llamaba ‘eudaimonia’ y ahora tiene otras denominaciones. Para conseguir esto, la fórmula es conocer las propias virtudes y talentos y reconstruir la vida para ponerlos en práctica lo más posible (...) La buena vida no es esa vida pesada de sentir y pensar, sino de sentirse en sintonía con el ritmo de la vida. Creo que mi perro –añadía con sentido del humor– lo podría definir así: corro y persigo ardillas, luego existo”. El tercer nivel se basa en poner los talentos y virtudes personales al servicio de una causa más grande que uno mismo, para dar sentido a la propia vida.
Sugerencias amables de Martin Seligman, perspectivas nada nuevas ni geniales, incluso elementales y antiguas si se quiere, pero con la sabiduría de lo que es capaz de trascender. Y que de una manera lamentable, a pesar de su sencillez, parecen olvidarse o al menos dejarse de lado, quizá por las prisas, por las exigencias de lo material y práctico, por una vida moderna que no parece darse cuenta de que el desarrollo, el futuro, lo nuevo tiene raíces en lo de siempre, en lo antiguo, en lo que siempre hubo de bueno.
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