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Un Domingo de Ramos distinto, sin palmas, en 2021

28 de Marzo del 2021 - Charo Vázquez (Oviedo)

Hoy es el “Día de los Ramos”, como solía decir mi abuela. Debíamos estrenar ropa nueva, que tiene sentido, sería como volver a empezar desde cero, sin nada viejo. Empieza con toda la parafernalia de Jesús llegando a lomos de un burro con todo el mundo jaleando su entrada en Jerusalén con gritos de alegría y mucha pasión.

Los brotes de olivo y las palmas son un símbolo de la bendición, protección de Dios y de su ayuda infinita, ayuda que hoy necesitamos más que nunca. Estuve en Roma en el año 1983 en esa misa de Domingo de Ramos y en el encuentro posterior con San Juan Pablo II. Recuerdo el cariño de Su Santidad en el trato y sus palabras hacia nosotros, los jóvenes, fueron palabras de cariño, de ánimo, de “siempre” estar bien por dentro para, al menos, intentar ser algo mejores cada día y poder ayudar a los que tenemos a nuestro alrededor.

Transcribo sus palabras, tal cual las pronunció entonces: “Os saludo, jóvenes que habéis participado en la liturgia del Domingo de Ramos: muchachos y muchachas de Roma y peregrinos de diversas partes de Italia y del mundo. Grito juntamente con vosotros: Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, / Rey de eterna gloria. Es el reino de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. A este reino está llamado el hombre. Cada uno de nosotros. Entramos en el Año Santo de la Redención a través de la liturgia del Domingo de Ramos. Entramos en el nombre de esa llamada que se nos hace por la fe en Cristo crucificado: Gloria a Ti, Rey de los siglos”.

A este reino estamos llamados, el reino de Dios, de la gloria, de lo bueno, del Amor a Dios y del Amor a los demás, siempre con la oración, el Amor, con mayúsculas, la templanza, poniendo cada cosa en su lugar correspondiente. Primero ha de ser Dios y luego todo lo demás. ¡Vaya cómo cuesta!, lo sé. Estamos ofuscados por las tareas y las preocupaciones de este mundo en el que vivimos, que nos rodean y nos agobian muchas veces. Hemos de creer que, teniendo a Dios de nuestro lado, nada nos puede pasar. Si creemos que Él es el todo, nada nos puede empeorar ni destruir, esto lo digo con la boca pequeña, porque sé que soy débil y que a veces me rompo con facilidad, pero si me hago fuerte porque Él siempre está a mi favor y nunca me falla, lo voy a conseguir.

Alguien le hace esta pregunta a lo largo de aquel encuentro: “Santo Padre, a la luz de todo lo que ha querido decirnos, por lo que le estamos agradecidos, ¿tenemos que concluir que es verdaderamente injustificado –y para el hombre de hoy aún más– ‘tener miedo’ de Dios, de Jesucristo? ¿Debemos concluir que, al contrario, vale de verdad la pena ‘entrar en la Esperanza’, y descubrir, o redescubrir, que tenemos un Padre y reconocer que nos ama?”. Él responde lo siguiente, bueno, les dejo solo parte de su respuesta: “Ese amor, según las palabras de San Juan, expulsa todo temor (cfr. 1 Juan 4,18). Todo rastro de temor servil ante el severo poder del Omnipotente y del Omnipresente desaparece y deja sitio a la solicitud filial, para que en el mundo se haga Su voluntad, es decir, el bien, que tiene en Él su principio y su definitivo cumplimiento... La actitud padre-hijo es una actitud permanente. Es más antigua que la historia del hombre. Los ‘rayos de paternidad’ contenidos en ella pertenecen al Misterio trinitario de Dios mismo, que se irradia desde Él hacia el hombre y hacia su historia”.

De toda aquella experiencia que realmente marcó mi vida, y la de muchos más jóvenes de los maravillosos años 80, fueron aquellas palabras, repetidas día tras día, palabras de Amor hacia Dios y su madre, María, aquel “Totus Tuus”, que se nos calaron para siempre en el alma y que nos levantaron a flote en los momentos más oscuros y dramáticos, a veces, de nuestro proceso vital. También estas: “No tengáis miedo, Abrid las puertas a Cristo”, nos empaparon con ganas de seguir a Cristo, aunque muchas, muchas veces, lo hayamos dejado tirado en la cuneta y nos hayamos salido de su camino, Él siempre está ahí para acogernos con sus brazos abiertos en su humanidad, porque Él nos entiende bien, Él era Dios mismo, pero no debemos olvidar que Él era un ser humano también.

Voy a terminar ya esta larga reflexión, como no podía ser de ninguna otra forma, con unas palabras de la Virgen María, siempre en la humildad del silencio, sin decir ni una palabra, solo guardando todo lo que ve y siente, en su gran corazón de Madre de Dios y Madre nuestra. Dijo María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y el ángel dejándola se fue”.

Y ahí va la canción de la semana, no puedo acabar nada sin una canción, ya lo saben ustedes, esta vez, “Hosanna”, con unas imágenes de Jesús, para que lo veamos pequeño, frágil y roto de dolor, como estamos nosotros muchísimas veces. Pueden encontrarla en Youtube.

Me despido, por fin, dirán ustedes, deseándoles una Semana Santa vivida, sufrida y amada, o al menos este año, pensada de otra manera diferente a años anteriores, porque las normas a ello nos remiten. Hemos de pensar que aquí estamos de paso, porque este mundo es temporal, como temporal son nuestros éxitos, nuestros fracasos y nuestra vida. Les digo, como cada domingo, “Paz y bien, pórtense bien y pásenlo lo mejor que puedan”, eso nos ayudará a ser un poquitín mejores.

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