Ese tío tan querido
Hay un tío o una tía imprescindible en la vida de casi todos. Es un tío generoso: “El generoso prosperará y el que reconforta a otros será reconfortado” (Prov. 11:25). Casi siempre su papel es complementario al de los padres; también se apunta a educar, lo que conlleva corregir en algunos casos, pero con menor responsabilidad, y eso le permite una relación más relajada con el sobrino, más desenfadada, más festiva, más divertida. No es de extrañar que se agencie los mejores momentos en la vida de un niño, de un adolescente, y de un joven si el joven por alguna razón no ha logrado amistades tan entrañables, bien por vivir en un pueblo pequeño con su pequeña población, o por disponer de poco tiempo entre estudios, familia numerosa en casa y tareas en las que participar.
También es posible que el tío se marchase a América antes de la guerra, cuando más se disfrutaba de él, o a Francia después de la guerra, o a Alemania en los sesenta buscando un porvenir, o se reenganchó en la mili y lo destinaron lejos, o puede que siendo tía se enamoró a los diecisiete y ya no hubo hueco para las aventuras con los sobrinos. Si en nuestro caso, el tío fue nuestro a placer, puede que ya forme parte de nuestra personalidad, y aunque se nos haya muerto, su generosidad vive en nuestro yo más profundo.
La cuestión ahora es: ¿soy yo un tío de verdad para mis hijos, para mis sobrinos, o para mis amigos más jóvenes? Porque este tiempo de negrura requiere la luz de la chispa alegre, la cálida hoguera del cariño, o el rescoldo de la conversación profunda de quien no te juzga, sino que te enseña a pensar. Por eso, si mis sobrinos, desde veinte a sesenta años, o uno de mis amigos jóvenes de cualquier edad, me llaman y me dicen: “José Luis, por favor, ¿tienes un ratico para mí?”. ¿Qué les digo?: “¡Aquí estoy chaval!, y tengo la vida toda para ti”.
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