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En una segunda lectura de Camino de asfalto y tierra, de M. Izaguirre

23 de Abril del 2021 - Juan Antonio Sáenz de Rodrigáñez Maldonado (Luarca, Valdés)

En una segunda lectura de “Camino de asfalto y de tierra” (Ediciones Camelot), del joven poeta naviego Manuel Izaguirre, observo que la forma no ha sido dejada a la ocurrencia; más bien se comprueba en cada uno de los poemas, verso a verso, el empeño denodado en el cuidado de la misma. De este cuidado se gesta el estilo o modo que define la estructura lógico-lingüística de aprehensión de la realidad, presente en todo ser que piensa y nombra. Esta estructura si bien es común a todo individuo de la especie humana por el hecho de pertenecer a ella, en cambio, es el uso –en dinamismo de aprehensión y representación del mundo– lo que confiere el rasgo personal de la expresión. Es, pues, el estilo la manifestación objetiva de esa singular aprehensión que hace de nuestro decir distinto al de los otros interlocutores. El estilo –por así decir– es la sintaxis personal de representación de la realidad, inconfundiblemente propia en cada hablante. Se trata, pues, de la forma como este innatismo lógico-lingüístico lleva a cabo, en cada “inteligencia sentiente”, su particular aprehensión de un mundo encontrado y de la representación de este en una unidad estructurada de lenguaje.

Cierto que la búsqueda cuidada de este estilo puede responder a un prurito presente, en quien gusta de la escritura. En Manuel Izaguirre, el cuidado en el modo de su decir va allende lo psicológico. Es el modo de ser subyacente a la vocación del poeta por trascender del solipsismo de “la reflexión personal”, habida en lo insondable de la soledad de aquel “querido rincón”, al encuentro sincero con el otro, el lector. Mas, no es el estilo del autor de “Camino de asfalto y tierra” el motivo de este comentario. Este extremo es propio de la voz experta, el de los sacerdotes de la lengua española. No; como lector tan solo me es dado asomarme a aquello que Manuel Izaguirre ha nombrado en cada palabra, en cada verso.

“Camino de asfalto y tierra” es el poemario del exiliado del Edén infantil (“Camino de asfalto”), y el destierro en un “tránsito obscuro... por el rocoso camino”. Ya, en el “camino de tierra”, en el ahora al afrontar el “horizonte... sin mañana... y de presente incierto”, el poeta busca y no encuentra.

En “Camino de asfalto y de tierra” los versos transitan “la calle del poeta”. En ella se detiene Manuel Izaguirre. En ella mira al extremo de lo ya sido, aquel donde encuentra sin orden preestablecido “soledad y tristeza... goce y alegría”; allí acude la memoria de batallas navales en la ensenada del pirata de Puerto Vega. Viene igualmente a concurrir en este extremo de “la calle” el recuerdo de la mano materna, guía en su iniciación en la palabra –criatura misteriosa– que, unida a otra, conforma un decir, el del poeta. También, cuando la tarde se adentra en la noche y la sombra de una honda soledad se alarga sin fin, trae el recuerdo “heridas de otro tiempo”. Es, sin embargo, al otro extremo de “la calle”, el de lo aun no sido y sí por hacer, “donde el horizonte no despeja, y ya no hay sombra, tan solo olvido”, es donde tiene lugar el comienzo del “camino de tierra”; es también el “de la hora decisiva” para asumir el proyecto de hombre que el poeta ha decidido ser.

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