Nada es demasiado
Alguien pensará, y no le faltará razón, que no es este el momento más oportuno para hablar de las futuras esperanzas y expectativas de los españoles. Además, comprendo que muchas víctimas de la pandemia estén más bien deseando volver a su vida normal de antes. Y me preocupa aún más, claro, que alguien pierda la esperanza. Al mismo tiempo me horroriza el que otros vuelvan con las cantinelas que creíamos desconocidas por nuestros jóvenes y olvidadas por una gran mayoría. Como se ve, aún quedan por ahí quienes no borraron todos los rastros del mito.
Por lo que yo ahora quiero hablar tan solo de la gente de a pie, abandonada por una mayoría de esa clase política que protagoniza tan pobres debates. Y como yo soy tan inexperto en lo que se refiere a lo político, quiero tan solo hablar de esa gente de a pie, pues pienso que la historia ha de ser la historia de un mundo solidario y colectivo, en la que todos los bienes culturales en este cambio de civilización han de aportárseles a todos.
Asumiendo, por otra parte, la oscuridad en la que vivimos, espero sin embargo que podamos discernir entre tantos cambios y tantas ofertas; crear un discurso sensato en el que todos creamos. Y, como creyente, desearía que este discurso tomara forma de esperanza. Nada será demasiado. Por lo demás, los creyentes tienen también el derecho de que se les invite a la mesa del diálogo.
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