El fin del estado de alarma
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado que no habrá un nuevo estado de alarma cuando venza el próximo 9 de mayo el vigente. Es decir, estamos a solo un mes de que las restricciones que tanto irritan a algunos desaparezcan; de que, por ejemplo, haya total libertad de movimientos, queden suprimidos los toques de queda y la gente se pueda reunir y manifestar libremente sin ninguna cortapisa. El estado de alarma, que hay quien no lo ha entendido, es un instrumento constitucional necesario para limitar algunos derechos fundamentales que consagra la propia Constitución y sin él no se pueden establecer, por ejemplo, ni cierres perimetrales ni, como hemos dicho, toques de queda. Tampoco se puede aprobar una ley para las pandemias que permita limitar esos derechos fundamentales al margen de los instrumentos que para tal fin ya contempla nuestra Carta Magna, sería ilegal y no pasaría el Tribunal Constitucional, así que bien harían algunos políticos, como el presidente de Andalucía, en no decir tonterías al respecto. Al tiempo del anuncio del presidente del Gobierno también se está barajando la relajación de otras medidas, como la utilización del uso de las mascarillas, dependiendo del según y cómo. Hay que ser un ingenuo, y no conocer nuestro país, para no saber que si abres un poco la mano todo el mundo hará lo que le venga en gana. ¿Se imagina usted lo que puede suceder si se relaja el uso de las mascarillas (hay quien dice que no sirven para nada, pero los que lo dicen no han sido capaces de explicarnos por qué desde que usamos las mascarillas no ha habido ni un solo caso de gripe), si la gente se puede reunir a cualquier hora del día o de la noche en botellones, fiestas ilegales, que ya serían legales, o en olor de multitudes en cualquier domicilio o espacio público? Pues eso, ni más ni menos, significa el fin del estado de alarma, no otras medidas, como la regulación del horario de los bares, que dependen de las CC AA. Ir al Congreso de los Diputados, en plena campaña para las elecciones de la Comunidad Autónoma de Madrid, para que te digan de todo menos bonito y para pedir el apoyo parlamentario para un nuevo estado de alarma no está en la agenda del presidente del Gobierno y Fernando Simón nos ha dicho que la cuarta ola será seguramente solo "una olita", pero las cosas desagradables van también en el sueldo del presidente del Ejecutivo y mucho me temo que la "olita", la mar rizada, la marejadilla, puede acabar siendo una mar arbolada e incluso montañosa, porque el porcentaje de vacunación es aún muy pequeño y todos hemos visto lo que sucedió tras el verano pasado. Mientras la ultraderecha clama libertad (no se ría usted, que eso mismo es lo que hace ahora, en plena pandemia, la ultraderecha en todo el mundo, incluido Brasil, donde ya no saben dónde meter tantos muertos) y mientras Ayuso nos lee las tonterías que le escribe Miguel Ángel Rodríguez, o sea, su "libertad" o el comunismo (supongo que Ayuso quiere decir que o ella o se va a nacionalizar todo y nos vamos a ir de la OTAN), el Gobierno de izquierdas quiere salvar otra vez el verano, eso sí, con otra retórica, porque sería muy fuerte repetir lo que se dijo el año pasado, que nos costó una segunda ola, decenas de miles de muertos y centenares de miles de nuevos contagios. Que Dios nos coja confesados, o vacunados.
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