De la mina al Seminario
Esto es lo que decidió e hizo Herminio Martínez, del pueblín lenense de Muñón Fondero, que, como Muñón Cimero y Los Fueyos hacen un medio rural de encanto por el que discurre una carretera que enlaza Lena con Riosa, siempre con la cordillera del Aramo como telón de fondo. La bona xente del valle de Muñón Cimero y Muñón Fondero, allá por los años cuarenta, estaba personalizada por aquel gran paisano que fue Ceferino el de La Cuquera, todo un ejemplo de hospitalidad y hombría de bien, y Roberto Álvarez de la Vega y Mülner, austriaco, conocido como “el alemán de Los Fueyos”, una persona con una fabulosa historia que conocemos muy bien y aquí veremos en otra ocasión.
De una familia del campo y ganadera, Herminio Martínez cambió la fesoria y el gadañu por el picu y la pala y se fue a la mina a arrancar carbón de las entrañas de la tierra. Consiguió trabajo en mina Vanguardia, que era la que tenía más cerca y pertenecía al Coto Minero de Aller, Mieres y Lena, de la empresa Sociedad Hullera Española del marqués de Comillas. Y en el tajo de la mina un día, Dios le llamó a su “tajo”, y en el Seminario de Oviedo se hizo sacerdote. Que las vocaciones tardías son las mejores, quedó demostrado en Herminio, perdón, ahora don Herminio, que volvió a la empresa Hullera Española, pero ahora de capellán de los colegios de frailes y monjas de Ujo de esa empresa. Don Herminio se granjeó pronto el afecto de los niños y mayores, de todos, porque era bonachón y un buenazo, un verdadero paisano con sotana.
Don Herminio, el minero que se hizo cura, alternaba su labor religiosa y social con el estudio y la investigación histórica, y él ha sido el primero en descubrir y dar a conocer los orígenes históricos de Ujo, que se remontan a la Roma de Augusto (año 19 antes de Cristo), en el que el último territorio de Hispania fue sometido al invasor después de la caída de Lancia de la Asturias Cismontana. Con don Herminio uno colaboró y mucho llegué a conocer históricamente y no solo de Ujo, y me refiero a los años treinta. Curiosamente, años después, en la década de los cuarenta, otro cura, don Valentín de Lillo, de Vega de Aller (¿conseguiremos ese cambio por “Vega de don Valentín”?), me ilustró y mucho aprendí de él no solo de historia de Aller, sino de cuanto sabía dada su intelectualidad y abarcaba dada su inmensa sabiduría, conocida y valorada por grandes y famosos intelectuales de su tiempo, con los que se carteaba y relacionaba de una manera íntima y amistosa).
Malos y convulsos tiempos políticos y sociales corrían entonces, allá por los años treinta y cuarenta, que don Herminio Martínez vivió con la mayor normalidad y contando con el aprecio de todos, de izquierdas y derechas, porque él se limitó a su cometido como sacerdote y darse por entero a los demás. Tanto es así que en la Revolución del 34 y en la guerra fratricida de 1936, todos le respetaron, nadie se metió con él. Creo que el haber sido minero y darse por entero a los demás, sobre todo a la clase trabajadora, seguro que mucho le valió entonces.
Don Herminio fue siempre un paisano sacerdote, o un sacerdote paisano, un asturiano de cuerpo entero, demostrado hasta en sus predicaciones y homilías, sazonadas siempre con expresiones o palabras de nuestro bable. Sí, don Herminio Martínez, el minero cura, fallecido a una edad muy avanzada, fue un ejemplo de sacerdocio de vocación tardía, que suele ser la mejor. Porque uno está de vuelta de muchas cosas y circunstancias de la vida y busca en ella lo que le parece mejor. Y este es el caso de don Herminio, cura ejemplar, que inició en la mina el tajo de su vida para terminarla después en el tajo de Dios.
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