La sombra proyectada
De las compras online realizadas hasta el momento, no recuerdo haber obtenido información relativa a la persona destinada a efectuar la entrega del pedido, aunque tampoco he sentido la necesidad de conocer aspectos como el nombre, el sexo o la imagen de quien pica al timbre para realizar una labor con la consideración de actividad esencial durante la pandemia pero que, en realidad, tiene un escaso reconocimiento social. Al fin y al cabo, saber de antemano la identidad del trabajador no parece que contribuya a endulzar la experiencia e incrementar la calidad del servicio prestado. Es lamentable y repulsivo que, aprovechando la información facilitada por algunas plataformas digitales sobre la identidad del repartidor que se va a presentar en el domicilio, haya depredadores sexuales disfrazados de clientes que utilicen la ocasión para acosar a unas trabajadoras en circunstancias de vulnerabilidad. Y, además, cabe la posibilidad de que la víctima sea penalizada laboralmente por tener una calificación digital negativa por parte del acosador, eso depende del ánimo y el sentimiento de venganza ante la negativa a satisfacer unos servicios indeseados y en ningún caso contratados. Aunque la superficie de la sombra proyectada por la cultura machista disminuye con el progreso social, aún es bastante compacta y extensa.
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