El rapto de Europa
Heródoto, el incansable viajero y contador de historias griego, fue quien nos alumbró sobre los inicios de los desencuentros entre Europa y Asia, aunque ello le supuso pasar por encima de los prejuicios de sus compatriotas, advirtiéndoles que la línea divisoria entre la barbarie y la civilización nunca era una frontera geográfica entre países, sino una frontera moral dentro de cada pueblo.
Los inicios del desencuentro civilizatorio entre Europa y Asia, Heródoto los enmarca en los antiguos mitos (referencias imprescindibles de nuestra cultura) y en la tradición oral (inicios de la historiografía). Todo empezó con el secuestro de Ío, por parte de un grupo de mercaderes fenicios en la ciudad de Argos, quienes se la llevaron a Egipto y la convirtieron en una mercancía más. En respuesta a la afrenta, un destacamento griego en misión de castigo, desembarcó en Fenicia (actual Líbano) y secuestró a la bella Europa, hija del Rey Tiro. Posteriormente, Paris hizo lo mismo con Helena y se la llevó a Troya.
Es el inicio, según Heródoto, de la enemistad incurable entre Europa y Asia, con la mujer como trofeo para el placer y el mercadeo. Es, en todo caso, un relato racionalizado recogido de la tradición oral, la fuente más utilizada por el padre de la historiografía. Por su parte, el poeta Ovidio enmarca el mito con la intervención divina, con la intervención del dios Zeus, quien, embroncado con su mujer, decide darse un “festín” con alguna humana y escoge a Europa para seducirla, transformándose en un bello toro blanco y llevársela rumbo a Creta.
En cualquier caso, la mujer ha sido siempre la pagana, bien de la voracidad libidinosa en versión Zeus, bien en forma de mercancía e intercambio, en la tradición oral. Las dos perviven, miles de años después, en la cultura musulmana, mientras en Occidente las mujeres llevan décadas reafirmándose en sus principios y valores como muestra de su innegociable identidad. Nadie les ha regalado nada. Todo ha sido fruto de su persistente lucha. Cualquier atisbo de discriminación machista es considerado una afrenta a la condición humana y a las instituciones europeas encargadas de salvaguardar la no discriminación.
Por ello, no se entiende el impresentable comportamiento del presidente del Consejo de Europa, Charles Michel, ante la bofetada infligida por parte del enterrador del espíritu de Atatürk, Recep Tayyip Erdogan, en la comparecencia conjunta previa a las negociaciones UE-Turquía, hacia la representante de la Comisión europea, Ursula Von der Leyen y por extensión a las mujeres europeas.
La bofetada no solo ha sido a Von der Leyen, sino a todas las europeas. Solo le ha faltado al enterrador del espíritu de Atatürk, “secuestrarla” y mantenerla en una habitación adjunta hasta que terminara la reunión con el macho Charles Michel. Urge la comparecencia de este personaje en el Parlamento europeo para dar cuenta del bochorno y de la afrenta. No es suficiente su comparecencia pública intentando enmendar lo no enmendable.
Varios medios han hecho referencia a la importancia de la escenografía. “La escenografía también importa”, han señalado, en el contexto de las cumbres y encuentros internacionales.
Por supuesto, pero lo ocurrido en Ankara, no se puede reducir a la “importancia de la escenografía”. Es volver a la “escena del crimen”, es volver al rapto de Europa. Es volver a Ankara, no al Estambul de Atatürk, al Estambul como crisol de culturas, al Estambul puente entre Oriente y Occidente, que posibilitó la idea de una futura integración de Turquía en la UE, al Estambul que acogió los debates y la firma del Convenio del Consejo de Europa el 11 de mayo del 2011 para la “Prevención y lucha sobre la violencia de género” y que orgullosa llevaba, hasta hoy, su nombre: “El Convenio de Estambul”.
Turquía, con Erdogan, ha vuelto al fundamentalismo que creíamos superado desde que Atatürk inicio el largo recorrido hacia la laicidad de su pueblo. El 24 de julio de 2020 quedará grabado en la memoria de los turcos abiertos al mundo y en las paredes de esa maravilla que es Santa Sofía.
La aberrante decisión de Recep Tayyip Erdogan de islamizar el monumento fue el pistoletazo de salida hacia la “neootomanización” de Turquía que, ante el fracaso de su ingreso en la UE, ha optado por la aventura delirante de convertirse en actor principal de esa área del mundo, con mando en plaza y con pretensiones de un fuerte liderazgo geopolítico y, por supuesto, espiritual dentro del caótico y desestabilizador mundo islámico. La restauración del califato, mientras las campanas de toda Grecia tocan en señal de luto y la prensa afín a Erdogan se rinde ante el nuevo sultán.
Ocho meses después, el 20 de marzo de este año, con total nocturnidad, el enterrador de Atatürk, firma el decreto por el cual retira a su país del Convenio de Estambul, que fue el primer documento internacional vinculante que se firmaba para combatir esta lacra. Erdogan fue el primero en estampar su firma en el Convenio y ha sido el primero en salirse del acuerdo.
La bofetada a Von del Leyen, a las mujeres europeas y por extensión a las del resto del mundo es la penúltima escenificación de la islamización de Santa Sofía y el desprecio hacia las mujeres. No, no es que “la escenografía también sea importante”. Con los derechos de las mujeres no se juega.
Michel, antes de asentar sus bien pagadas posaderas, debió reclamar a Erdogan otra silla para Von der Leyen y poder continuar la reunión, de lo contrario, dar por finalizado el encuentro. Tampoco es suficiente el “ehmmm” de la agraviada, debió marcharse de la escena... Pero, la importancia de los temas a tratar, al parecer, pudieron más que la restitución de la afrenta.
¿Y cuáles eran esos importantes temas a tratar? El principal, el que saca los colores a la UE, el que le pone frente al espejo de su historia de pueblo emigrante tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial: la contención de los flujos migratorios por parte de Turquía, a quien se le paga para que ejerza de “perro de presa” contra los inmigrantes. Todo lo demás es retórica.
Descubrimos que la bofetada tenía un precio, 6.000 millones de euros. Es la “contribución” (el pago) de la UE al mantenimiento de los cuatro millones de refugiados que Turquía custodia en condiciones lamentables para evitar su entrada en Europa a través de Grecia.
Barcin Yinanc (periodista turca de “Yetkin Report"”, lo ha señalado mejor que nosotros: “La UE no puede esperar una política exterior predecible de un país que ha acelerado la marcha atrás en su democracia. Cerrar los ojos ante los déficits democráticos de Turquía no servirá a los interese de la UE y animará a otros países, incluidos miembros de la Unión, a erosionar los estándares democráticos”. Aviso a navegantes.
Europa cada vez más secuestrada, raptada por las multinacionales farmacéuticas, por el crecimiento imparable de la extrema derecha, por los chantajes del pirata Johnson, por el nuevo zar de Rusia... y ahora por el islamista Erdogan
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