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El silencio de los corderos

19 de Abril del 2021 - Mercedes Rodríguez de Castro Peláez (Corvera)

Es difícil comenzar este artículo, como mujer me identifico con el dolor, la rabia, la impotencia y la humillación de todas y cada una de las mujeres que en algún momento de sus vidas fueron y son objetos de abusos sexuales de cualquier tipo, ¡de cualquiera!, siendo la violación el más destructivo a nivel físico y mental, pues perdurará en ellas hasta el fin de sus días.

En los últimos días hemos asistido, una vez más, al escarnio y la degradación de una mujer víctima de violación en un estrado, mientras se juzgaba a sus violadores, ¿o tal vez era a ella a la que se juzgaba? Mientras se les juzgaba, decía, el ministerio fiscal sometió a la víctima a una batería de preguntas más propias del abogado defensor de los acusados que del ministerio público. Bien es cierto que la Fiscalía no es el abogado defensor de la víctima, pero su cometido no es criminalizar a la víctima, sino buscar en el ejercicio de su labor la verdad por encima de todo, presentar hechos que demuestren la culpabilidad de los acusados y no acosar y degradar, una vez más, a la víctima.

La violación está considerada como una forma de tortura, la victima que nos ocupa fue violada no por uno, sino por varios individuos, convirtiéndola así en un despojo, quitándole todo vestigio de humanidad, convirtiéndola en un objeto de usar y tirar.

Es hiriente que desde las administraciones públicas se invite a las mujeres a denunciar las agresiones para después maltratarlas y torturarlas en un juicio inhumano y degradante, que lejos de buscar la verdad y la justicia se convierte en una nueva violación moral a su persona.

¿Estamos en este caso ante un delito de tendencia por parte de la Fiscalía?, ¿fue tortura a la que sometió el fiscal a la víctima? La Convención de Derechos Humanos de la ONU explicita “pues para que podamos calificar algo como tortura es imprescindible que el sujeto que ha llevado a cabo el acto sea funcionario público u otra persona en el ejercicio de la función pública con fines de obtener información, o confesión, castigar, intimidar, coaccionar o discriminar a la víctima”... ¿es eso a lo que en realidad asistimos en ese interrogatorio?

Lamento por último las declaraciones de las asociaciones de fiscales amparando a su colega, sin un ápice de autocrítica, dejando claro que la justicia, a día de hoy, no protege a las víctimas de violencia, ya sea sexual, de género, o de ambas.

Es la última escena de “El silencio de los corderos” (película):

Suena el teléfono, Clarice lo coge y oye:

–Hola, Clarice, ¿ya dejaron de gritar esos corderos?

–Doctor Lecter, ¿dónde está?

–No tengo planeado visitarla, el mundo es más interesante con usted en él.

–Dígame dónde está.

–La dejo, no me busque, tengo una cita para cenar con un viejo amigo.

A todos aquellos que nos degradan, nos humillan, y nos desprecian les puedo asegurar que el mundo es más interesante con nosotras en él.

El maltrato lo es venga de quien venga y lo ejerza quien lo ejerza, en este caso la Fiscalía.

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