Resucitar
Ayer, mientras leía la columna de Manuel Vicent, mi pensamiento sorprendido se detuvo en mi compañero recientemente fallecido. La lectura nunca es otra cosa que un rodeo hacia nosotros mismos. Y recordé, por ejemplo, cómo mi compañero, a lo largo de su vida, siempre había sido un tanto provocador. Nunca luchó contra la religión, es verdad, aunque siempre se quedó con las ganas de luchar contra la influencia clerical. Le parecía ocioso plantearse el problema religioso: le parecía una metafísica recreativa. Su relación con ella siempre fue desde la distancia. Por otra parte, no le parecía racional creer en la omnipotencia de la razón. Pero esta sí que era la que se debía de ocupar del bienestar, felicidad. En fin, pienso que su verdadera religión era la Naturaleza.
Había nacido a las orillas del llanto eterno del Mediterráneo, cerca de su luz y su color dondequiera que iba. Se había enamorado del violoncelo de Paul Casals, del canto de Serrat como de Lluís Llach, pero también de la pintura de Picasso. A lo largo de su vida viajó por tantas ciudades como por tantos libros preferidos.
Sin sentido del pesimismo, vivió el amor de muchos mundos. Creía que nuestros pequeños valores tenían el sentido que les poníamos. ¿¡Para qué necesitaba el creer?, pensaba sin nostalgia (esta siempre le había parecido un sentimiento reactivo). Al momento de morir tampoco recordaba ningún sermón, orden, consejo o lección magistral. Sin embargo, no creo que, ahora desde esta Asturias, se hubiera olvidado de su Mediterráneo cuando los recuerdos de su infancia volvían en manada. Creo que la Parca acompañó al agonizante en su bajada al fondo de la naturaleza. ¡Un viernes! Pero, como es lógico, sin pensar resucitar allí al tercer día. ¡Qué tristeza! Tal vez mi buen amigo nunca llegó a pensar que somos hijos del sueño de nuestros padres, de la naturaleza (personificada en la flor, en el árbol y en el mar), pero también del sueño de Dios.
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