Enemiga pública

21 de Abril del 2021 - Gabriel Lastra Molina (Sepúlveda)

Argimira, “Argi” para los amigos y “güelita” para los seres queridos, es nuestra vecina. Es una mujer que ha vivido tanto que una calmada conversación, con su voz temblorosa por la edad, desprende más cultura que medio año de instituto. Argi, con un pañuelo negro cubriendo su pelo de nieve, delantal y chaquetilla negros por el luto –de aquel autoimpuesto por las mujeres, vano resquicio de épocas pasadas– y muy encorvada por el peso de los años, y los daños. Tres veces al día se toma los quince buenos minutos que le lleva recorrer los escasos cien metros entre su portal y el parquecillo que hay al final de su calle. Con ella va Pepa, a la misma velocidad, los años pesan, con las mismas canas, los años pasan. Viven juntas y se ayudan a diario a sobrellevar los achaques, las necesidades por una exigua pensión que no alcanza y la soledad de quien mira las esquelas con la esperanza de no ver el apellido de alguno de esos pocos conocidos que aún huellan la tierra.

Ahí van las dos, Argi y Pepa, en su matinal excusa para ver el sol. El agente de la autoridad, títere de burócratas o descreídos y a veces de ambos, se acerca a nuestra arrugada abuela –Qué guapo –piensa ella–, qué gallardo con ese uniforme. Le explica muy amablemente y exquisita educación que así no puede ser, que Pepa no puede ir suelta, que los perros tienen que ir con correa y solo puedes llevarlos a las zonas autorizadas por el Excmo. Ayuntamiento. Perpleja explica que el “parque para perros” está al otro lado del barrio y que sus piernas ya no la llevan tan lejos. El agente se conmueve y no sanciona a nuestra vecina esta vez, pero la advierte, órdenes son órdenes, está atado de manos –y recuerde pagar el nuevo impuesto por tener perro–. Argi y Pepa vuelven a casa, ella más abatida que sorprendida –¿Y ahora Pepa? ¿Qué hacemos?

Ya no vemos a Argi y Pepa salir de paseo al parque, está prohibido. Los pequeños tampoco juegan ya a la pelota, está prohibido. Nadie se sienta en el césped, está prohibido. Qué fácil es prohibir, coartar libertades –es por tu seguridad, confía en mí– y qué difícil es educar. Cuando el poder radica en infligir dolor y humillación, si tu mejor amigo es un perro y eso te convierte en un ciudadano de segunda, quizá, y sólo quizá, sea el momento de no seguir a más burócratas o descreídos, o a ninguno de los dos.

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