El llanto de los hombres
Constantemente nos empujan a aflorar nuestros sentimientos, y llorar; la insistencia es grande. “No sabéis lo que os estáis perdiendo”, he oído que decían desde la otra orilla. ¿Es algo cultural, un mal vicio, un atavismo? Visto desde el lado de acá, a mí me parece que lloramos lo suficiente, o sea que lloramos lo que podemos, cuando la cosa viene, pero igual las lágrimas deberían ser llamadas a comparecer o liberadas de cualquier retención.
Los grupos humanos considerados socialmente más avanzados (el avance real fue descender del árbol, distanciarse de él, no sé) practican la moderación a la hora de divulgar lo personal. ¿Entonces, eso es antiguo o actual? Evitar implicar en tus emociones a los que son ajenos al hecho que las desencadena, con una compostura que se interpreta, algunos lo interpretan como un signo de consideración hacia los demás, ¿es positivo o negativo? Sin contención el llanto se desborda anegando todo lo cercano. ¿Eso es avance o retroceso? ¿En qué quedamos?
¿Qué hemos perdido o ganado protegiendo nuestros sentimientos? No se ha perdido la sinceridad en la manifestación de las emociones, precisamente porque nuestra exteriorización exige una fuerza descomunal que rompa el dique, y por eso cuando a un hombre se le humedecen los ojos el suelo se mueve. Eso es lo ganado.
Pero hablan de nuestros sentimientos sin conocerlos. María España: “Lo que Paco Umbral sentía por el niño (su hijo muerto) sólo lo sienten las madres” ¿Sólo? Venga ya, eso es tanto como afirmar una cosa y a la vez la contraria. Francisco Umbral escribe en su libro: “Todo lo que tenía en el mundo, hijo, eras tú; y me lo han quitado”. Sentimiento de padre. Lo habría igual, mayor no.
De nuevo visto el tema desde este lado hemos sido capaces de llegar hasta aquí protegiendo una forma determinada de expresión, sin ofenderla. De no haber sido así la lágrima, como manifestación de un sentimiento se habría devaluado su credibilidad. La sinceridad de un acto está avalada por su credibilidad, que a su vez es prisionera del pasado, que es el que le confiere esa garantía; y la solidez del llanto se sustenta en su excepcionalidad, cotidiano sería otra cosa. Y si llorar sirve igual para la ternura propia que para el agravio ajeno su valor sufre y su cotización se desploma. Valor, cotización, no quiero pensar que estemos hablando de mercado, porque el llanto también puede ser manejado a voluntad, es una cuestión de entrenamiento y me permitiría hacerlo cuando me plazca o cuando me interese, y entonces sería un engaño, una manera de mentir como otra cualquiera (como otra cualquiera no porque en este caso la inmoralidad va remachada). La mentira apunta hacia tres posibles objetivos; protegerse de un peligro, perjudicar a otro u obtener un beneficio; estos dos últimos suelen ir de la mano y basta con mantenerse atentos a la pantalla para comprobar cómo la lágrima ha alcanzado una rentabilidad altísima. “Business people, in the end”.
Pero, chaval, no vas a poder evitar ser cuestionado: si eres algo porque lo eres y si no por no serlo; y atento a las evaluaciones de tu comportamiento porque si el valorando es a ingle cambiada vete olvidándote del suficiente. Aun así no dejes de ser quien eres, grande.
Thomas Mann cuenta que en el drama “Don Carlos” la Grandeza de España aguardaba a cabeza desnuda a Felipe II en la sala de recepción y cuando el Rey llegó los miró y dijo: “Cubríos, grandes”. Pues eso.
–¿Y lo de llorar? –Tú mismo.
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