Comicios y nervios en Madrid: mi vecina no soltó el berbiquí
Demonios en el jardín
Los que luchamos contra la Bestia conocemos bien al Pateta: siempre vuelve. Unas veces disfrazado de sacerdote, otras alentando bajo las páginas de un libro y muy particularmente en los noticieros de la Radiodifusión, donde se encuentra ahora primordialmente a través de la red de redes, que es su gran campo de acción. En este caso no vino con sotana de cura, sino vestido de mujer. Estaba yo en el alguarín que me sirve de biblioteca, despacho y oratorio ayer por la tarde, acababa de recitar las oraciones de la misa de San Pío V cuando oigo un estruendo. Tintinearon los vasos y las tazas de té, cayeron algunos libros de los anaqueles y todo el recinto empezó a vibrar. Subí arriba a ver si todo el mundo estaba bien y encuentro a mi mujer alarmada. Salgo al jardín y reparo en que mi vecina una tal Cristina estaba subida a la escalera con una máquina perforadora tratando de abrir un taladro en la pared del hastial de mi casa que da a su jardín.
Mi vivienda es una semiadosada, el último chalé de la urbanización. Hace unos años por evitar líos y ante los gritos e insultos de esta señora le cedí un pequeño pasillo entre su propiedad y la mía con la condición de que no edificase o apoyase habitáculo al hastial de mi casa que es exento.
Talé varios árboles que crecían en el pasillo, un arce y dos manzanos, solo por complacerla a ella y en aras de la armonía y la buena vecindad. No hizo caso. Adosó a mi pared un chiringuito. Se lo dije: “No has cumplido tu palabra”, y su contestación fue satánica: “Tú a rezar y a comerte las hostias a puñados, déjame en paz”. Yo a veces rezo el rosario en alta voz o pongo música religiosa. Y eso debe de desmelenar a la señora.
O está poseída o está loca.
Me dolió la puñalada, pero bajé la cabeza rogándola que por favor no edificase más en mi parcela. Oídos de mercader. Pasó algún tiempo. Yo estaba en mi jardín y saludé los buenos días a su marido, Eduardo, que era un bendito. No me contestó. A los pocos meses falleció de un cáncer en el colon. Encomendé su alma, cuando hete aquí ayer un lluvioso mediodía de abril escucho el estruendo de referencia, creí que era un terremoto. Salí y la vi manipulando la taladradora junto a mi ventana.
–Oiga, bájese de ahí, está cavando un boquete que puede hundir la casa. Ese es el muro de carga.
–Tú, cállate.
Cristina no bajó de la escalera desde donde taladraba el muro de contención ni soltó el berbiquí.
Tal desconsideración me exasperó de tal forma que no logré la pasada noche pegar ojo y ahora me doy cuenta de que hay demonios en el jardín. Vivo en un territorio que fue teatro de operaciones en la Guerra Civil española. Aquí se dio la batalla de Brunete, la más cruenta de la Guerra Civil. En el suelo del garaje y un pequeño huerto que hay en el jardín de atrás he topado con metrallas, encontré balas y pedazos de bomba de mano Lafitte. Estoy seguro que la muerte cruenta de estos cuarenta mil hombres que perdieron la vida en los enfrentamientos fratricidas de julio de 1937 nos reclaman y culpan. El diablo sabe aprovechar tales ocasiones para hacerse presente en la irritación en la cual vivimos los madrileños en estos tiempos de elecciones, en el odio, la tristeza y las noticias funestas a todas horas. Cuando los informativos no se refieren a la endemia, al último crimen pasional o a violencia de géneros, se entregan a la alcahuetería rufianesca del famoseo.
Rezo por los caídos en este lugar que llaman la Mocha Chica, canto el oficio de difuntos y el réquiem, desgrano las cuentas de mi rosario para alejar de mi mente cualquier conato de violencia, el insulto, la descalificación que es el pan nuestro de cada día de los españoles.
Mis compatriotas están irritados y nerviosos en días de comicios.
Su cobardía les impide dar un paso al frente y enfrentarse a la Bestia. Actúan por la espalda y a la agachadiza. Se suscriben a la soplonería y las denuncias. Acto seguido vendrán los “paseos”.
Sí, ciertamente, han vuelto los demonios al jardín de atrás. Esta Cristina viuda de Eduardo Rute necesita un exorcismo. Quiere derribar mi casa y talar los árboles del herrén que me guarecen de sombra en los ardientes estíos castellanos. Dios se apiade della.
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