Mi copia de seguridad
Soy una madre singular, al igual que la mía, a la que adoro y no puedo imaginar haber tenido otra suerte. Al igual que todas las madres del mundo lo son. Gracias a ella he aprendido a pasar exámenes sin buscar la matrícula o el sobresaliente, que siempre son objetivos demasiado altos en cualquier ámbito.
La maternidad es parecida a la democracia: un concepto antiguo, barnizado de ideales y que en ocasiones puede defraudar. Pese a ello, las madres, como los demócratas, sabemos que merece la pena y que no hay otro modo de existencia una vez que te ocurre.
Pero la maternidad, al igual que ese estado ideal de participación ciudadana en el que las cosas deberían funcionar bien, está descuidada, minada y saboteada. Solo hay que acercarse a cualquier hospital público de este país donde una nace como madre. Y hablo desde la lotería de haber estado los dos primeros días de mi estreno sola en una habitación.
Las áreas de maternidad están diseñadas por personas que poco entienden de privacidad. La intimidad se comparte en una habitación de apenas 15 metros cuadrados y un baño, en el momento más especial de tu vida habitando con extraños, teniendo el sexo o el vientre cosidos y la responsabilidad repentina que te desborda y mimas entre tus brazos. Esto, que bien podría darse en el Serengueti, se asume con total normalidad y las madres nos esforzamos entonces en que nuestros pechos segreguen el alimento que necesita nuestra criatura. Para salir huyendo lo antes posible de esa sabana salvaje. El planeta gira con tu maternidad dentro. Es de ley cósmica.
Pero una vez que sucede esta gran experiencia-safari, te das cuenta de que no puedes ser sin ser madre. No añoro nada de lo que era antes y confieso abiertamente que hubo algún día en que no sabía si lo quería o lo odiaba. También tenemos eso las madres: las emociones fuertes que nos tragamos.
Pero siempre hay una certeza y es el amor genuino que reescribe cada una de tus células, una copia de seguridad de tu propia vida.
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