Cambios con cordura
El cambio de nombre de una calle no trae más que trastornos a todo el mundo, además de una pérdida de dinero tanto a sus residentes (sobre todo a empresas) como a la Administración.
Los ciudadanos (en especial para los que, como en mi caso, la memoria no es nuestro fuerte), tardamos años en asimilar la nueva nomenclatura.
Con lo fácil que sería poner a las calles nombres de animales, vegetales o minerales, como por ejemplo calle de las golondrinas, los elefantes, los gatos, los nogales, los castaños, del cobre, del azabache, etcétera; también pudieran ser de oficios; todos estos nombres serían duraderos y no les veo ningún inconveniente. Luego si los políticos de turno quieren honrar a sus correligionarios bastaría con poner en las mismas vías unas placas con unas pinceladas de la vida y milagros de los correspondientes agraciados, estas placas podrían cambiarse según la ideología gobernante en cada momento sin alterar para nada el nombre del callejero; esto, además de ser más barato y causar menos trastornos, tendría mayor poder informativo, porque estoy segura de que el 80 por ciento de los ciudadanos (y me quedaré corta) no sabe muy bien quiénes fueron Calvo Sotelo o Manuel Llaneza.
Como parece que la cordura y la política están reñidas, y esta tarea es cosa de sus señorías, y además el dinero que emplean en ello no es el suyo (así se explica), lo seguirán gastando en generar problemas.
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