Marx en la Casa Blanca
Lleva poco más tres meses en el Despacho Oval de la Casa Blanca y el nuevo inquilino de la misma está dejando perplejos a propios y extraños, a sus 78 años de edad. Fue el candidato de consenso de las distintas "sensibilidades" del Partido Demócrata, cuyo principal objetivo era impedir que el veneno siguiera invadiéndolo todo. Lo consiguió, pero él ha querido entrar acompañado del espíritu de Karl Marx.
No es un chaval y, por lo que sabemos, en sus años mozos no participó en aquellos movimientos contestatarios de los años sesenta del pasado siglo, cuyos participantes se alimentaban de Marx, Bakunin, Rosa Luxemburgo, Trotsky y un poquito de Reich, Fromm y hasta se colaban los de la "Escuela de Frankfurt" en plan conciliador, en plan amortiguador de los excesos.
Los movimientos "underground" no le atraían y el hippismo no era lo suyo. Los terremotos políticos de su generación (guerra de Vietnam, derechos civiles...) los miraba de reojo.
Su biografía personal está afectada del dolor de las pérdidas familiares y de sus dificultades para entroncar con el "establishment" del poder y el dinero, por ello, quizás se refugió en el deporte (fútbol americano y béisbol). Es poco sospechoso, por tanto, de haber mamado de las ubres del izquierdismo de la juventud de la época como su compañero de partido Bernie Sanders, de su misma generación y declarado socialista.
Sin embargo, de continuar por la senda marcada en estos primeros meses (y si lo dejan), va a pasar a la Historia como el tipo que a sus 78 años ha puesto las bases del Estado de Bienestar en Estados Unidos, mientras este se va agotando en la Europa que lo impulsó tras la Segunda Guerra Mundial. No, no es un segundo New Deal. Es un cambio de paradigma social y económico el que está proponiendo a su país. Toda una revolución para los estándares estadounidenses y que ha dejado descolocados a los líderes europeos y del resto del mundo.
La batería de medidas sociales, acompañadas de cifras mareantes, tardará en ser asimilada por una sociedad donde hasta el respirar es un negocio. Al plan de rescate, consecuencia de la maldita pandemia, agudizada por su antecesor negacionista, de 1,9 billones de dólares, le ha seguido el ambicioso plan de infraestructuras, dotado con 2,3 billones y los 1,8 billones para educación y familias (no sé ustedes, pero yo me mareo con estas cifras). Detrás de todo está el empleo y la justicia redistributiva que solo el Estado es capaz de corregir frente al sacrosanto mercado que ha cabalgado desbocado desde que Ronald Reagan soltó las riendas.
"El Gobierno no es la solución a nuestros problemas, el Gobierno es nuestro problema" (Reagan, el día de su juramento como presidente de los EE UU), marcando así la era del neoliberalismo (tan querido y alabado por Vargas Llosa) que ha empobrecido a las clases medias, ha incrementado la pobreza y ha enriquecido más a los que más tienen. "Cómo es posible que yo pague menos impuestos que mi secretaria" (Warren Buffett).
Ni Clinton ni Obama quisieron o pudieron corregirlo, absorbidos por la ola del "capitalismo popular" patentado por la pareja de baile de Reagan, Margaret Thatcher. Ha tenido que ser un abuelo, un "soso" sin carisma, quien dijera, "ya está bien". Hasta los mercados le han aplaudido. Las bolsas han subido contra todo pronóstico y el "comunista" FMI le ha aplaudido. "El Gobierno no es el problema, el Gobierno es la solución" (Biden, mandando a callar a Reagan en su tumba).
¿El dinero? Lo pagarán las empresas y las rentas más altas, que hasta ahora se han enriquecido de una manera insultante. "La clase media y los sindicatos construyeron este país, no Wall Street", lo ha dicho el nuevo inquilino de la Casa Blanca en el Congreso. Nadie ha ido tan lejos en el corazón del capitalismo.
Con ello, Biden da por enterrados más de cuarenta años de neoliberalismo, sabedor de que la única vacuna contra el veneno que todavía circula por los EE UU junto al covid-19 y que ha infectado a 75 millones de estadounidenses en las pasadas elecciones votando a un descerebrado como Donald Trump, está en el empleo y en la justicia social (tengo curiosidad por saber qué dice nuestro laureado premio Nobel Vargas Llosa).
Mientras tanto, en Europa, seguimos discutiendo si son galgos o podencos y cómo parar al neofascismo. Los ruidos de sables ya no suenan solo en España o Grecia sino también en la cuna de la "Liberté, ...galité et Fraternité, cuyos promotores no han tenido empacho en declararse seguidores de Marine Le Pen.
En Madrid, triunfa el discurso "trumpista" de un personaje que nadie sabe cómo ha llegado a la política, pero que sí ha sido capaz de aplicar las fórmulas de Steve Bannon, sin necesidad de ir a sus clases (ya lo ha hecho por ella su gurú, Miguel Ángel Rodríguez). Su concepto de la libertad (núcleo de la campaña) solo es apto para niños en edad escolar y repetidores. Es la infantilización de la política.
Pero no olvidemos a la izquierda, atrapados en la estúpida telaraña que les ha tejido PP/Vox, han reaccionado como los niños repetidores, "yo no he sido".
¿Cómo es posible que no hayan querido hablar de impuestos? Los impuestos son la "masa madre" de una sociedad cohesionada. Lo que pasa es que cada vez hay menos tiempo para la pedagogía en política. Aun así, si se explica a los ciudadanos de clases medias y de menos rentas que a ellos jamás se les subirán los impuestos y que estos solo afectarán a las grandes fortunas y rentas altas (que son precisamente los votantes de PP/Vox), lo entienden hasta los escolares repetidores y lo entienden más todavía si se les asegura que con ese dinero se mejorarán la sanidad, la educación, las infraestructuras, como lo ha hecho y dicho el abuelo Joe Biden, mientras le susurraba al oído el espíritu de Marx.
Nosotros tenemos enterrado a Marx en el cementerio de Highgate en Londres y su sombra se ha cansado de susurrarnos al oído.
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