¿Qué hacemos?
El concepto de dictaminar que Madrid es de izquierda cuando los abstencionistas se movilizan, sacado de no sé dónde, o como el de afirmar que un país es mayoritariamente de izquierda cuando las elecciones dan la victoria a un partido socialdemócrata, que sea gobernado únicamente por el partido ganador o por una coalición de izquierdas, se ha desvanecido en estas elecciones autonómicas madrileñas, o por lo menos eso espero. No son los resultados electorales que determinan, aunque estos sí sean una foto momentánea de una correlación de fuerzas, si un país es de izquierda o no, y menos aún, si dicha correlación de fuerzas es favorable o desfavorable a la clase trabajadora.
Estaba claro, por lo menos para mí, que la presencia de Pablo Iglesias como candidato en estas elecciones obedecía a dos razones: una, su retirada progresiva de la política debida a la imposibilidad de UP de imponer en el Gobierno de coalición su política “progresista”, y la otra, el peligro de que Unidas Podemos no alcanzase el 5% para tener representación en el Parlamento autonómico madrileño. El eje político adoptado por UP, “fascismo o democracia”, precipitó no solo el mal resultado con relación al objetivo fijado, sino también la salida precipitada de Pablo Iglesias. Su decisión de abandonar la política no me choca, lo que me choca es la manera, al estilo de cualquier político burgués dejando a los otros la tarea de explicar el error que constituyó la participación de UP en el Gobierno de coalición.
El éxito de la derecha reaccionaria que le permitirá gobernar sin necesitar tan siquiera el apoyo externo de Vox se debe en parte a la polarización de la campaña con el lema “socialismo o libertad”, que poco tiempo después se transformó en “comunismo o libertad”, a la que UP contestó “democracia o fascismo”, eso sí, después de que Iglesias haya recibido cuatro balas por correo, y en la que, hasta cierto punto, arrastró al PSOE. Y, por otra parte, se debe también sin lugar a dudas al abandono por parte del Gobierno “progresista” de algunas de las propuestas faro de su programa, y en el que UP solo ha podido tomar acta. Hoy me pregunto: ¿en Madrid ha ganado el fascismo? Si la respuesta es sí, ¿qué hacemos? ¿Es el momento para los votantes y militantes madrileños de izquierda de sumergirse en la clandestinidad?
Por mucho que una elite política, mediática y económica haya pasado estos últimos treinta años afirmando que las clases ya no existen en nuestra sociedad, que era cosa de otro u otros siglos, se han equivocado. Solo es necesario consultar la lista de despidos, de cierre de plantas o empresas para darse cuenta de que la guerra por parte de la patronal se acentúa; ninguna elección de los últimos años ha puesto fin a dicha guerra. La lucha de clases es inevitable. De la misma manera, que por mucho que participemos en muchas elecciones no impediremos a la patronal de machacarnos, tampoco impediremos el progreso de la extrema derecha. A esta corriente política nauseabunda solo se le puede oponer la capacidad de movilización y su respuesta a la guerra sin cuartel que le declaró la patronal, eventual empleadora de esa corriente si lo necesita. El problema de fondo es que el eventual auge de la extrema derecha se debe al malestar socioeconómico que la crisis del capitalismo está provocando, de ahí la necesidad de nuestra movilización.
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