Axuntábense

10 de Junio del 2021 - José Luis López Tamargo (Oviedo)

No hay debate más manido en Asturias que el del bable/asturiano. El asturiano, en sus hablas, como el resto de lenguas o formas regionales de hablar, se vio arrinconado por procesos masivos de industrialización, la educación general básica universalizada solo en castellano o español, los procesos de estandarización y modernización de la sociedad asturiana, integrada e insertada en el Estado español. En 1936, en España tres de cada diez personas eran analfabetas total o parcialmente y se expresaban como podían, en función de su dialecto local o habla comarcal, que difería bastante de una zona a otra, de una región a otra, de una zona de España a otra. Era la España machadiana. En Francia, país tan admirable en algunos aspectos, se castigó y persiguió a las lenguas regionales, bastante vivas hasta la I Guerra Mundial, más o menos. “Bable” es un término erudito jovellanista que no aparece documentalmente hasta el siglo XVIII. La idiosincrasia asturiana, a lo largo de los siglos, siempre se caracterizó también por su forma de hablar o lengua regional, contrastable con otras zonas de la España de los reinos históricos, principados y provincias forales. Asturias, hasta el despegue industrial y minero de los años cincuenta del siglo XIX, siempre había sido zona aislada, pobre y de remota accesibilidad. Con la primera ley de educación primaria, de la época de Isabel II, ley Moyano, las amplísimas capas humildes empezaron a preocuparse de mejorar los horizontes educativos de sus hijos, para que tuvieran un futuro posible en el incipiente Estado liberal centralista español. Los catalanes, vendedores de enciclopedias, payeses o burgueses para ampliar mercados, también voluntariamente, adoptaron el castellano por razones prácticas y culturales. En el País Vasco, con zonas enteramente castellanohablantes desde siempre, el venerable euskera, antiquísimo y dialectalizado, sobrevivía en ambientes carlistas y en el matriarcado de los caseríos. El mismo Unamuno hablaba de la inevitable decadencia y agonía de la lengua vasca, incapaz, según el, de adaptarse a la modernidad. En Galicia, tierra emigrante, labriega y pescadora, todo el mundo hablaba gallego, pero este tenía un halo aldeano y de atraso. El boticario, el señorito rentista, el alcalde y el médico hablaban en castellano, como en ”Los gozos y las sombras”. En Asturias ocurría algo muy parecido, como se ve en el teatro costumbrista, con el asturiano y la fala de influencia occidental gallega. El bable es pueblín, pero también poetas, autores, literarios, música de última generación. El asturiano y el gallego-asturiano siempre ha existido y han resistido, a pesar del “darwinismo lingüístico”, cierta represión lingüística ridiculizadora y sentimiento de vergüenza. Nuestro mundo es un mundo exigente y cuanto menos desarrollemos la culta capacidad de expresarnos y de llegar a un mayor número de audiencias, mejor que mejor. El español es gran tesoro de comunicación, lexicográfico y funcional en todos los niveles y ámbitos. Es la lengua común de la España plural. En Asturias, se habla un asturiano, casi en todo momento, hibridado o mezclado con el español común. Y eso nos singulariza. Mención aparte merecen preciosos trabajos de campos léxicos toponímicos (Xulio Concepción), sobre fauna y botánica, oficios, comidas y oralidad tradicional. Las traducciones al asturiano de la Biblia, "La Regenta", "El Quijote" o Tolkien son joyas maravillosas, pero sepamos valorar el español como idioma global y funcional, de todos, y tan democrático como para no despreciar a lenguas tan cercanas y hermanas como la asturiana.

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