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Reflexiones desde el patio del colegio

3 de Julio del 2021 - Pedro José Sanjurjo Pérez (Tapia de Casariego)

Carta abierta a Dña. Bárbara González, gerente del Hospital de Jarrio.

El pasado mes de abril, ya no era tan desagradable estar sentado al lado de la ventana abierta. O al menos eso pensaban los estudiantes de 2.º de ESO. En el aula se veían menos gorros de lana y las mantas ya no eran más que el recuerdo cercano de un año atípico. Parecía que este curso de mascarillas, geles y cintas métricas empezaba a darnos tregua. Fue en estas fechas cuando en clase de Matemáticas decidimos hacer un proyecto de investigación para tratar de conocer un poco más a las personas que trabajan en el Hospital de Jarrio. El objetivo era simplemente distribuir un sencillo cuestionario entre los trabajadores del hospital, para conocer el lado más humano de todos aquellos profesionales que tan importantes habían sido para nosotros durante este último año. Haríamos un sencillo análisis estadístico y, si todo iba bien, incluso podríamos presentarnos a un concurso coordinado por la Universidad de Oviedo. Las ideas comenzaban a fluir y los estudiantes estaban ilusionados con su primer trabajo de investigación.

Entonces demostró usted a los estudiantes que la naturaleza humana es cambiante y la ilusión no es más que un sentimiento efímero. Que las personas nos pueden ilusionar y decepcionar a partes iguales. Y que la colaboración se puede tornar en indiferencia. No autorizó usted la difusión del cuestionario propuesto por los estudiantes de Secundaria, mientras que, desde la Unidad de Docencia del hospital que usted gestiona se afirmó, literalmente: “Esto no es el patio de un colegio”. De hecho, permítame explicarle, señora González, que no solo el Hospital de Jarrio es, efectivamente, el patio de un colegio, sino que toda la sociedad es el reflejo cristalino de aquel patio del colegio en el que todos crecimos y donde, sin saberlo, fuimos educados.

Si miramos a nuestro alrededor, podremos apreciar que el abusón que veíamos en el patio del colegio hoy es un adulto que sigue intentando aprovecharse de sus compañeros más débiles. Aquella compañera tan callada hace tiempo que trabaja sentada a nuestro lado, pero no habíamos reparado mucho en ella. Probablemente su autoestima siga igual de baja que hace treinta años. ¿Qué decir de aquel chico que dejaba los exámenes en blanco, por sentir auténtico pavor a hacerlo mal? Tal vez se haya convertido en un adulto frustrado que sigue teniendo miedo al fracaso. Aquella chica tan capaz que se aburría y dibujaba en su cuaderno durante las clases en el instituto es muy probable que se siga aburriendo en un trabajo gris y monótono, porque tal vez nadie le ha dado la oportunidad de desarrollar realmente su talento. En definitiva, señora González, cualquier observador despierto será capaz de ver, en su día a día de adulto, los mismos perfiles que veía en el colegio. Sí, somos los mismos. Simplemente hemos crecido.

Pero seamos positivos. Hay toda una legión de maestros y profesores que luchamos cada día para cambiar hoy el patio de nuestro colegio, para así poder cambiar mañana nuestra sociedad. Cada vez somos más, y por eso, señora González, como gerente de un hospital público tal vez debería usted prestar más atención a las inquietudes de los hijos de sus vecinos, jóvenes brillantes, tal vez futuros sanitarios, que se interesan por su hospital, con sus problemas, sus virtudes y sus necesidades. Podrán felicitarle o podrán cuestionar su gestión, pero siempre lo harán con respeto, porque sienten que Jarrio es su hospital, porque allí trabajan sus padres, allí cuidan de sus abuelos y porque sus maestros y profesores pensamos que educar es formar ciudadanos responsables y críticos, que estén comprometidos con la realidad del lugar en el que viven, aunque a veces esa realidad sea incómoda.

Por todo ello, señora González, hoy hay trece estudiantes de 14 años que, sentados en el patio de su colegio, esperan, quizás, una disculpa.

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