La bestia divina
Ortega define al hombre como “bestia divina”. Así es. Como seres dotados de cuerpo pertenecemos al orden de lo natural. Pero es un hecho que en el individuo humano hay facultades que no son explicables como meras conductas reflejas, como reacciones propias de un ser vivo. Un ejemplo claro de este estar exiliado del mundo natural es la capacidad del individuo humano de distanciarse no solo del mundo físico para objetivarlo, para considerarlo en su realidad en sí, sino también de sí mismo y alcanzar una compresión de su realidad, de su ser y estar en este mundo que no solo es natural, sino también humano. Mas la prueba irrefutable es la libertad enraizada en la dimensión dramática de la vida: cada instante el individuo humano decide qué hacer con su vida, cómo ser y estar en este mundo y con los otros. Ello es así en razón de la compresión que tiene de sí mismo y de lo que le rodea, de la valoración que de estas circunstancias hace, así como de las esperanzas que alimenta en su alma. Y es el caso que, tomando todas estas consideraciones, el individuo puede asumir la decisión contraria a ellas, a las esperadas por los otros, a las establecidas socialmente como correctas o deseables. ¿Por qué esto en el individuo humano y no en las otras bestias?
Es un hecho que, en el orden de la naturaleza, todo acontece determinado por las leyes que en ella rigen. Si el individuo humano fuese una bestia más como las otras, su existencia pertenecería al orden de lo determinado por las leyes naturales, y aquellas consideraciones propiamente humanas no se darían en él; viviría hocicado como cualquiera de sus vecinos del Edén; no tendría conciencia de su finitud, de la “hora”; no sería fustigado por la conciencia del absurdo; no le movería el anhelo de plenitud; no sentiría la llamada de la Trascendencia.
Lo dicho, nos lleva a la dimensión divina, dimensión de la que estamos participados, como así recoge la Sagrada Escritura: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen a nuestra semejanza” (G. 1. 26). De esta semejanza se sentía orgulloso Descartes: “Tampoco puedo quejarme de que Dios no me haya dado un libre albedrío, o sea, una voluntad lo bastante amplia y perfecta, pues claramente siento que no está circunscrita por límite alguno. Y debo notar en este punto que, de todas las demás cosas que hay en mí, ninguna es tan grande y perfecta como para que yo no reconozca que podría serlo más. Pues, por ejemplo, si considero la facultad de entender, la encuentro de muy poca extensión y limitada en extremo, y a un tiempo me represento la idea de otra facultad mucho más amplia y hasta infinita; y por el solo hecho de poder representarme su idea, sé sin dificultad que pertenece a la naturaleza de Dios... Solo la voluntad o la libertad de arbitrio siento ser en mí tan grande, que no concibo la idea de ninguna otra cosa que sea mayor: de manera que ella es la que, principalmente, me hace saber que guardo con Dios cierta relación de imagen y semejanza... Pues consiste solo en que podemos hacer o no hacer una cosa (esto es: afirmar o negar, pretender algo o evitarlo): o, por mejor decir, consiste solo en que al afirmar o negar, y al pretender o evitar las cosas que el entendimiento nos propone, obramos de manera que no nos sentimos constreñidos por ninguna fuerza exterior” (Meditaciones).
Mas he aquí que esta participación del ser divino nos hace diferentes a las demás bestias, y nos ha exiliado de todo hábitat animal y, por consiguiente, nos ha privado de la condición de mero eslabón en la cadena de alguno de los diversos ecosistemas: “Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro ALIENTO de vida, y fue así el hombre SER ANIMADO” (G. 2. 7).
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

