Pues no sé...

22 de Noviembre del 2021 - Marino Iglesias Pidal (Gijón)

...No doy con la expresión. Ni tengo idea de qué escribir que exija más allá de las líneas necesarias para exponer las causas, pero como necesito algún deshago, desde luego mucho mayor que este mísero al que puedo recurrir, pues aquí estoy, a ver si mi cabeza tiene alguna ocurrencia que la alivie.

Tres multas de tráfico en mis sesenta años vehiculando. La primera, hace 57, 58 años. Iba en moto, con la habilidad propia de mi experiencia, hice un stop manteniéndome en equilibrio sobre ella. Me hace seña el guardia de marras.

Tengo que multarlo por no respetar el stop...

Disculpe, pero sí he parado en él.

Cierto que ha parado, pero no ha posado los pies en el suelo.

La segunda, con el coche. Hace unos 50 años. Solo, en una carretera en el quinto c... En una curva cuyo radio casi la convertía en recta. Se descamufla el cazador para hacerme la señal.

Tengo que multarlo por no respetar la línea continua.

Disculpe, pero estoy seguro de no haberla traspasado.

No la ha traspasado, pero la ha pisado.

La tercera, la que desde hace tres días me tiene buscando esa expresión con la que no doy... ¿Rabia? ¡Oño! Que si estoy rabioso. Pero es una sensación, un sentimiento, más complejo... No sé. Me quedaré con "rabiosamente dolorido".

Fue a las 12.06 del 8 del corriente, según la notificación. Motivo: circular entre 51 y 70 km/h En un lugar limitado a 50. Infracción ¡grave!

Imagino el lugar. También imagino como imposible que fuera a 70 km/h, y muy improbable que excediera los 60.

Cada cual tendrá su criterio al respecto. El mío es que no pongo en duda, según la ley "sujetas a derecho", mis multas, pero para mí injustas.

Lo que me lleva, una vez más, al doloroso convencimiento de que la justicia justa resulta absolutamente imposible en esta vida, y mi condición no creyente me hace aún más pesada esta carga, y más difícil aceptar la fatídica circunstancia... ¡Me acaba de saltar la idea!

Comencé a escribir con la básica para el arranque, pensando que lo más probable era, como así es, que ese mi yo que no es mío me dictara para seguir, y, efectivamente, aquí está.

Cuando el oncólogo me dijo que había había dado positivo, mi primera pregunta fue: ¿había células cancerígenas en los límites de la cirugía?

Él me alargó el informe: léalo usted mismo.

Es la idea que, espontáneamente, ha vinculado las multas a la cirugía, trayéndome la expresión, de comprobada eficacia: "Cortar por lo sano".

Lo cual lava un tanto la cara a las multas, pero, claro, de inmediato: ok. Yo así lo veo también. Mejor cuanto más radical para tratar de evitar que la maldad prospere, ¡pero!

Siendo el político, supuestamente, el galeno encargado de la profilaxis y terapia social, ¿es el tal tan convenientemente radical como el cirujano a la hora de prevenir, o extirpar, según, la malignidad social?

Por supuesto, evidentemente, a la hora de cirujiarle la cartera al ciudadano, ¡no jose! Ni el Zorro maneja el acero como él, ¡y sin anestesia! La misma decisión y habilidad en la profilaxis social. Cuida con sumo esmero la dieta del ciudadano de a pie.

Ojo con el marisco, muy malo para el ácido úrico (el cangrejo real del Pacífico Norte, ¡malísimo!). El jamón de pata negra, cuidadín, no deja de ser un producto elaborado, y el cáncer de colon...

A pesar de estas sabias advertencias, el esforzado político, en su lucha para lograr el pleno empleo (importadores, criadores de gochos de bellota, etcétera, como casi todos, necesitan trabajar para vivir), ¡no duda en arriesgar su salud!, esforzándose en el consumo de estos productos tan nocivos.

Benditas estas sacrificadas criaturas que dan todo por el bien común. De ser tan radical premiando el bien como castigando el mal, pienso que estos abnegados benefactores quizás estuvieran mejor en la gloria del Señor.

Y a mí, impíu pecador, castigame de vez en cuando, día sí día no, con un camarón bien gordu de esos de por allí arriba. Los días que no, con unes lonchines generoses, que me dejen a gusto, de jamón del pata negra 100% puru.

Y a sufrir, que, a la mi edá, ni dos días.

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