Macromachismo
Pablo Casado se puso nervioso por una reunión de prestigiosas líderes celebrada en Valencia –Oltra, Díaz, Colau, García y Hamed, que trabajan para transformar la sociedad a una más justa– y, no teniendo nada que aportar, no se le ocurrió más que calificarla, risita egocéntrica incluida, de "aquelarre radical". Ni es la primera ni será la última que falta el respeto a las mujeres.
Cuando una mujer escapa del universo estereotipado que la derecha de siempre reserva para ellas, se le funde el cerebro y, sin poder evitarlo, mana desde lo más insondable y oscuro de su sistema límbico, su connatural forma de pensar. Y como Casado suele carecer de argumentos sólidos, su subconsciente le delata y es raro que abra la boca para algo que no sea denostar. Al calificar el acto de "aquelarre", las llama brujas, apela los lúgubres tiempos en que se quemaban mujeres solo por tener comportamientos y conocimientos considerados inusuales de su sexo y alimenta la misoginia y tradición que están detrás de la preeminencia del varón en los grupos de poder.
¿Habría juzgado igual si hubiesen sido hombres o solo es grosero con ellas? Leyendo sus artículos del pasado, apuesto por lo segundo.
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