El mal pie del XXI
En estos comienzos de la segunda década del XXI, dos años de condena.
Para muchos una condena a muerte.
Con mayor o menor virulencia, otros sufrieron la enfermedad.
Algunos hubieron de recluirse en cuarentena y los más afortunados hicieron una vida, más o menos normal, en esos veinticuatro meses. Con incomodidades y limitaciones, obligación de la mascarilla, sometimiento a relaciones a distancia, un "solo en las terrazas" para la hostelería y distancia en las barras y las mesas, cuando se pudo pasar a los interiores de los establecimientos. En las tiendas y también en el cine y en los teatros, cuando pudimos volver a ellos. La desastrosa, inaceptable y atentatoria contra todo derecho implantación del código QR sanitario, que obligaba a quien quisiera disfrutar de acceso a establecimientos a disponer de un teléfono móvil (¡!) y ciertos conocimientos digitales (¡!). Pues el tal certificado no se facilitaba a nadie en papel. A principios de 2020 más de 9 millones de personas en España sobrepasaban los 65 años, muchas de ellas sin teléfono inteligente, o teniéndolo sin idea de su manejo.
La población secundó las medidas de los gobernantes. Y aunque algunas hubieran resultado acertadas, su presentación por nuestros mandatarios revelaba más bien un evidente deseo de provocar una impresión por mantener la capacidad directora y decisora que el conocimiento claro de lo que se iba a llevar a cabo. Quizá habría que representar que, aunque la situación fuera grave, nuestros gobernantes conseguían mantener el control en todo momento.
Ahora el bicho de Wuhan parece haber desaparecido de los telediarios, apeado de su primigenia omnipresencia. El refulgente prime time del TD2 enfrasca a todo quisque con la escabechina ucraniana; y no le quita ojo asimismo toda la febril actividad periodística de los redactores de los otros noticiosos (Mafalda dixit). Tampoco la radio, o los periódicos..., ya se sabe, la labor de informar.
Tras seiscientos años exactos de su surgimiento a la muerte de Carlos VI de Francia, "El rey ha muerto viva el rey" se ha transformado para los intereses informativos de los Mass Media en ¡El covid ha muerto, viva Putin!
Ha habido un cambio en la localización geográfica del mal. Antes era todo el mundo, ahora solo Ucrania (de momento). Y también ha habido una permuta de causa: antes un virus asesino chino; ahora un tóxico ruso, sediento de poder y dominación.
Igual que la dificultad sanitaria apuntada más arriba, esta repugnante situación internacional trae nuevos apuros y necesidades. El peligro por perder la vida para las personas que están en Ucrania, sean ucranianas o no. Y para los que no estén allí por las nuevas condiciones económicas que se deben encarar: subidas de la gasolina, el gas, el gasoil, el aceite y el pan; los paros de las empresas y particulares afectados por esas nuevas subidas de precios, los pescadores, los camioneros..., la escasez de productos. Todos en algún aspecto, de algún modo, "pararemos". Y pagaremos. La guerra la pagamos nosotros física, emocional, y económicamente.
La Unión Europea se despacha con unas sanciones a ese cegado elemento tóxico ruso. Sanciones que repercuten en toda la población europea, en muchos aspectos de la economía mundial y, por supuesto, también en la propia población rusa, ya sobradamente sufrida con tal Vladimir como ese. Christine Lagarde (presidenta del Banco Central Europeo), afirma que "hay una preocupación unánime ante la inflación", pero promete "no precipitarse en la retirada de estímulos". Hábil circunloquio para con su educado eufemismo asegurar que no es mujer impulsiva, pero que en la Unión Europea el dinero también subirá de precio.
Leonard Cohen, en 2011 premio "Príncipe de Asturias", compuso una canción que reflejaba el sentimiento de aquellos voluntarios luchadores por la libertad durante la II Guerra Mundial. La tituló "The Partisan" (El Partisano): "Cuando irrumpieron atravesando la frontera / Me advirtieron que me rindiera / Pero eso no lo podía hacer / Tomé mi arma y desaparecí / A menudo he cambiado de nombre / He perdido a mi mujer y a mis hijos / Pero tengo muchos amigos / Y algunos de ellos están conmigo / Una anciana nos dio refugio / Nos mantuvo escondidos en el desván / Entonces vinieron los soldados / Ella murió sin un susurro / Éramos tres esta mañana / Esta noche soy el único que queda / Pero debo continuar / Las fronteras son mi prisión / Oh, el viento sopla / A través de las tumbas el viento sopla / La libertad pronto llegará / Y entonces saldremos de las sombras /
Los alemanes estaban en mi casa / Me dijeron "ríndete" / Pero eso no pude hacerlo / Tomé mi arma de nuevo / He cambiado de nombre cien veces / He perdido a mi mujer y a mis hijos / Pero tengo muchos amigos / Tengo a Francia entera / Un anciano en un desván / Nos escondió durante la noche / Los alemanes le capturaron / Murió sin sorpresa / Oh, el viento, el viento sopla / A través de las tumbas el viento sopla / La libertad pronto llegará / Y entonces nosotros saldremos de las sombras".
Volodímir Zelensky, presidente de Ucrania, anunció hace unos días en una rueda de prensa que todas las personas que quisieran luchar por Ucrania tendrían un fusil.
Tras esa insólita petición de ayuda, su Ministerio de Relaciones Exteriores ha abierto una web para el alistamiento. En menos de veinticuatro horas se han inscrito más de veinte mil voluntarios.
Aunque sea admirable combatir por un ideal propio, resulta triste admitir la posibilidad de una muerte inútil, aunque no lo sea así para el que está dispuesto a caer por sus ideas. Resulta triste porque finalmente es una muerte baldía, causada por la insidia de alguien que, sabiéndose con la ventaja de un poder para volar el mundo, aprovecha el sentido de concordia de otros países para lograr ampliar su dominio, eligiendo batirse solo con armas "menores", sin importarle las "muertes menores". Si las circunstancias escalaran y se hiciera necesario el uso de armamento más... "avanzado"... pero espero que no. Ojalá no vaya a ser ese el proceder del lunático ruso.
Y el que Occidente no se atrevería es su juego, su joker (comodín, aunque también significa bufón). De nuevo en otra guerra fría, pero caliente ahora. Al menos para Ucrania (por ahora).
Se podrá tachar lo que sigue de idealismo mentecato, pacifismo simple o cándido infantilismo; sin embargo, desearía que esos nuevos "partisanos", esos voluntarios que con su quijotismo y entrega se van a Kiev para recoger el fusil que les facilita Zelensky, rechazaran el arma.
Y en su lugar llevaran levantadas las banderas de sus respectivos países, hicieran un círculo que rodeara la capital y aguardaran la llegada de las tropas invasoras.
Por desgracia, creo casi seguro que los soldados rusos dispararían contra ellos.
Tan locos como su coronel Vladimir.
En el quinto lustro del XXI hemos entrado con muy mal pie.
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