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España, al límite

18 de Marzo del 2022 - J. J J. Suárez González (Gijón)

Cuando alguien se está ahogando, lo que hay que hacer es echarle un salvavidas, no contarle una película. Pedro Sánchez es muy bueno contando películas, pero muy malo salvando vidas. Nuestro país hace meses que se encuentra en una situación extremadamente grave, afectado, como otros países occidentales, por las consecuencias de años de políticas erróneas y porque los gobiernos se han plegado a intereses económicos de entidades no democráticas. La pandemia de covid agravó una situación que ya existía, y miles de pequeños negocios han tenido que cerrar en nuestro país. Milagrosamente, todavía sobrevivieron comercios, pequeñas y medianas empresas y grandes empresas, a pesar del incremento de los costes de la energía, particularmente de la electricidad, que empezó, como todos sabemos, no con la guerra de Ucrania, sino bastante antes. Sin embargo, como todos los empresarios conocen, el coste de la energía no era la única espada de Damocles que pendía sobre su cabeza, había otros costes que se habían incrementado, no tanto los salarios como los impuestos y otras cargas. Recordemos que ya el año pasado el Gobierno de Sánchez tuvo un problema con el sector del transporte y que se llegó a un acuerdo para evitar que la huelga afectara gravemente a toda la cadena productiva del país. Pero el Gobierno no ha cumplido ese acuerdo, que contemplaba, entre otras cosas, una bajada del diésel. La coyuntura económica internacional y, en particular, la situación económica de muchos países occidentales era ya tan delicada que no quedaba otra que empezar a tomar medidas desagradables, esas medidas que a los políticos que solo piensan en las próximas elecciones les cuesta trabajo tomar. Se acabó imprimir dinero fíat, como si fueran cromos, para repartirlo gentilmente; se acabó comprar bonos y Deuda de los estados, se acabó el dinero barato (hasta con intereses negativos)… En resumen, se acabó la diversión. Espetar esas cosas desagradables a la gente no es fácil, y, como decía un amigo jesuita, no hay nada mejor que repartir las responsabilidades de tus fechorías o echar la culpa de ellas a otros. Pedro Sánchez quiso convencer a la gente de que la culpa de todos nuestros males era de Putin y ahora dice que la culpa de la huelga del transporte es de la ultraderecha, que es aliada de Putin. ¿Hay alguien, en su sano juicio, que se crea esas patrañas? Por supuesto que la ultraderecha se aprovecha políticamente de los problemas que padecen amplios sectores económico-sociales de este país, como se aprovecharían otros si estuvieran en la oposición, pero que el precio del gasoil esté por las nubes no es culpa ni de Putin ni de Abascal: es culpa de los especuladores, de los oligopolios, de los lobistas y de los gobiernos títere, como el nuestro. Hace muy pocos días todos hemos visto cómo el precio del aceite de girasol se disparaba en las tiendas, en los supermercados y en los centros comerciales, ¿era culpa de la guerra en Ucrania y de Putin? No, porque se estaba vendiendo el producto almacenado de la cosecha del año anterior; era culpa de la especulación y del Ministerio de Consumo, que no tomó cartas en el asunto. Mientras las explotaciones agrícolas y ganaderas se ven abocadas al cierre, mientras la flota pesquera está amarrada porque no puede hacer frente a los gastos del combustible, como el sector del transporte, mientras las industrias electrointensivas llevan meses avisando de que estaban al límite y de que peligraban miles de puestos de trabajo, mientras, en fin, no se puede esperar ni un minuto más para tomar medidas drásticas que inviertan esta espiral, como ya han hecho otros países de Europa, Sánchez nos dice que, de momento, vamos a esperar al día 29. ¿Tendrá España día 29? Los piquetes eran encantadores cuando detrás estábamos nosotros, pero son fascistas violentos cuando detrás están otros. “Si no tienen pan que coman bollos” es la famosa frase que se atribuye a María Antonieta, y ya sabemos todos cómo acabaron ella y su esposo por irse a vivir a otra galaxia y por ciscarse en los ciudadanos franceses. A mí, al contrario que a mucha gente, me gustan los políticos profesionales, como me gustan los jueces profesionales y los médicos profesionales; pero un juez profesional tiene que saber lo que es el Código Penal, un médico profesional tienen que saber lo que es un estetoscopio y un político profesional está obligado a saber lo que cuesta un café en la calle y a conocer los problemas reales de su país y de su gente, problemas muy graves que hay que solucionar ya mismo antes de que deriven en consecuencias aún peores. ¿Entendido?

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