Impuestos, verdades y mentiras
A finales de los ochenta cursaba mis estudios en Bachillerato; un buen profesor de nombre Fernando nos daba clases de Historia. Sus clases eran amenas y siempre las recuerdo con cariño porque, al igual que otro profesor que tuve en la EGB, era capaz de transmitir, de llegar, de enseñar y utilizar ejemplos prácticos que los alumnos asimilábamos sobre la marcha.
Recuerdo una ocasión en la que hizo un inciso en la clase para explicarnos un asunto que no venía a cuento: los impuestos. Nos habló de cuán diferentes eran las culturas a la hora de asumir los deberes con el Estado y, haciendo referencia a una película que habían echado el pasado fin de semana, nos recordó el gesto de uno de los actores dándose golpes en el pecho y gritando: ¡soy un ciudadano honorable y pago mis impuestos...! Y nos invitaba a reflexionar sobre el carácter del español típico, siempre más inclinado al escaqueo y a las argucias fiscales que a contribuir al Estado del bienestar. Obviamente, de aquella Trump no era nadie, y los Estados Unidos aún no habían tenido a un presidente que pusiera en su haber el fraude fiscal como aval para la Casa Blanca.
El caso es que el bueno de Fernando nos explicó lo necesario que eran los impuestos para todo y para todos, y que cuanto más se gravaran los impuestos directos, es decir, esos que tienen en cuenta la riqueza de cada uno (patrimonio, sueldos, etcétera), en detrimento de los impuestos indirectos (IVA, alcohol, tabaco, etcétera), más cerca estaríamos de conseguir la Justicia Social.
Con la subida de los precios (algunos difícilmente explicables) surgió de nuevo el eterno debate: bajar o mantener los impuestos, y, tal y como viene sucediendo en este país últimamente, la derecha ya ha dictado sentencia y basa tan brillante ocurrencia en dos puntos: uno, la solución pasa por bajar los impuestos, y dos, el presidente del Gobierno se está enriqueciendo con la subida de los carburantes. Es decir, toda una lección de cómo confeccionar picadillo sin pimentón y embutir chorizo sin tripa... ¿Ustedes lo entienden? Porque yo sigo esperando que algún cerebro de la derecha me explique cómo se puede lucrar un presidente del Gobierno con unos impuestos que gravan los combustibles, cuando precisamente buena parte de esos ingresos van a parar a las comunidades autónomas. Y, por otra parte, me gustaría que me dijeran de dónde sacarían los fondos para seguir manteniendo Educación, Sanidad, Empleo, Pensiones, etcétera. Porque, salvo criticar, no ofrecen otra solución; es más, se decantan siempre por proteger a quienes menos sufren los embates de la crisis, bien protegiendo sus intereses o sus beneficios (aunque dichas ganancias podríamos perfectamente calificarlas como fruto de la usura), y así se pronuncian públicamente en contra de intervenir los beneficios de las eléctricas, en contra de una empresa pública eléctrica, y un largo etcétera, para tachar esos planes de comunistas o bolivarianos, aunque países como Francia, Italia, Holanda y los mismos EE UU las tengan, y la sospecha de inclinación comunista invite a la carcajada.
La derecha ya ha opinado al respecto, tanto Ayuso como Feijóo han hablado (tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando), pero voy a recordarles la última ocasión en la que un político de la derecha (un tal M. Rajoy) alertó sobre las maldades que la izquierda planeaba subiendo el IVA de las chuches, y ese alarmismo del que se hizo eco acabó haciéndolo realidad como jefe del Gobierno: subió el tipo medio del 18% al 21%, el reducido del 8% al 10%, también subió el IRPF, el impuesto de sociedades, se inventó el impuesto al sol, a la lotería, y lo más gracioso de todo es que con la que estaba cayendo eliminó la deducción para gasóleo profesional y facultó a las comunidades autónomas para gravar los hidrocarburos.
La realidad actual nos muestra dos realidades inaceptables: una subida de precios inasumible, en donde mucho tienen que ver la guerra y la pandemia, y unas empresas que están ganando dinero a espuertas sin mostrar rubor alguno, lo cual me lleva a concluir con una frase que decía: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Mi pregunta es: ¿considera usted, ciudadano, que está viviendo por encima de sus posibilidades, o, por el contrario, cree que hay empresas que se están aprovechando de la situación para lucrarse a su costa?... En la respuesta puedes tener la penitencia.
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