Aluvión de barbaries
El mundo requiere de otros tipos de aires más respetuosos con la vida y el itinerario de las gentes. ¡Cómo no tomar nuevos hábitos y distinta concepción en favor de un espíritu conciliador, a fin de trazar caminos más templados y un futuro esperanzador para las generaciones actuales y futuras! El dejar hacer sin más, con desconocimiento y menosprecio a los derechos humanos, ha originado actos de salvajismo injuriosos para la conciencia de la humanidad. Desde luego, tenemos que volver al espíritu coherente del buen decir y mejor obrar, que es el que verdaderamente nos transforma por dentro y por fuera, despojándonos de nuestras propias miserias humanas y haciéndonos personas cívicas, deseosas de diálogo sincero e intercambio de pensamientos; lo que nos exige ser tolerantes y solidarios, personas de palabra y ciudadanos de bien, a pesar de la persistente incertidumbre que nos acorrala.
Floreciendo en disposición siempre de abrazar con el corazón y siendo conscientes de esta necesidad es como se pueden frenar los ímpetus de tantas crueldades vertidas, en un mundo endiosado en el que sus moradores luchan entre sí, con el único desvelo de ser poderosos, para poder aplastar al que camina a su lado. Por eso, tenemos que priorizar otros rumbos más éticos, para poner en práctica una atmósfera realmente apaciguadora, que favorezca un desarrollo equitativo, recobre tantas dignidades perdidas y dé estabilidad al momento que nos ha tocado vivir. No olvidemos que la ansiada paz únicamente se consigue con voluntad y amor. Un cese de las hostilidades evitará el sufrimiento, y, por ende, nos ayudará a descubrir la alegría de caminar como parte importante del tono a sustentar, cada cual desde sus vocablos, pero siempre en unidad como hermanos, a pesar del avance de las contiendas inútiles y de los continuos crímenes contra la humanidad.
Ciertamente, cada día son más las personas que exponen sus existencias en busca de otra mejor. En este sentido, con demasiada frecuencia, tanto la Agencia de la ONU como la Organización Internacional para las Migraciones llaman a aumentar el apoyo y la inversión en comunidades de acogida, para reforzar los servicios que benefician tanto a las personas refugiadas y migrantes como a la población local. Evidentemente, cabe insistir en que la peor desgracia es invertir en armas, porque, tarde o temprano, se van a utilizar para perderlo todo. La justicia se defiende con la mente y su sano juicio. Lo que no es de recibo es que la violencia y el odio sigan invadiendo nuestras entretelas, avivando nuestra propia destrucción interna, en lugar de fomentar quietud, atmósfera que todos nos merecemos como soñadores de níveos pulsos.
Transfigurados en la épica que hemos de ser, requerimos de otros lenguajes más auténticos, que nos lleven a celebrar encuentros inolvidables, que es lo que, en realidad, fomenta un clima de confianza, cooperación y respeto entre todos. Es vital entenderse para crecerse y recrearse en ese bienestar que añoramos, pero que no todos laboramos, en parte por el estado de confusión que nos gobierna. Para empezar, la política de enfrentamientos tiene que desaparecer por completo de la faz de la Tierra. Precisamente, en esa cultura viva que implica comprenderse, y que hoy el mundo necesita como jamás, se requieren líderes que tiendan puentes y no los echen por tierra.
En cualquier caso, frente a esta crecida de barbaridades, nuestra misión debe ser clara y contundente, poniéndonos en el lugar del otro, especialmente de las personas vulnerables, pues en el fondo hemos de ser creadores de vínculos, sin importarnos distancias o situaciones. En ese cielo de palabras todos contribuimos a la mística, a la salvaguardia de la concordia con la bondad y al desamparo de los males de la sociedad, promoviendo una conversión sensible que nos active el espíritu de la ilusión y nos mueva a caminar reintegrándonos en los demás, también en los latidos perdidos o degenerados. Con nuestra vivencia comprensiva, seguro que se suman al retorno de una recta cognición. Así, lo grave no será que los efectos económicos de la guerra de Ucrania agraven la ralentización de la economía mundial y debiliten la recuperación que se esperaba en la pospandemia, sino que continuemos sin aprender a contribuir a la construcción de una sociedad más justa, más humana y más fraterna; en parte, por esa falta de sólidas leyes morales en nuestros propios pasos.
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