La tara humana
Ya no hablen más de patrias. No hablen más de honor, de dignidad...
Olviden de una vez su embeleso de palabras: el engaño nunca puede a la verdad.
El gobierno del poder gobierna simplemente cifras. Pero no a los seguidores del delirio y frenesí, en los "parqués" de Tokio, New York o Madrid. Balances de resultados, el "nivel inflado de inflación", rating de ventas para accionistas, seguridad al acreedor...
"Estoy preocupado, esta ausencia de sopor... ¿estará acaso cayendo nuestro índice Dow-Jones?"
Patentes bribones de avispada testa, rufianes mantenidos cuya patria solo es esta:
yen, euro, dólar..., o también criptomoneda: gran promesa.
Solo sus intereses. Inventan para nosotros despiadadas guerras (ya nunca en Francia o Inglaterra), pues solo sucumben a ellas ciertas inocencias claras, o espíritus nobles, partisanos de ideas.
Y si un acuerdo llegara, una firma...
¡La guerra ha acabado! ¡Acabada está la guerra!
¡A la calle, más desfiles! ¡Agiten esas banderas!
Y siempre presente un buen himno, preferible en semicorcheas.
Y de nuevo otra vez a su goce, esa "eficaz" minoría selecta: sanguijuelas hinchadas de vida, de la vida de las gentes honestas. La muerte o miseria de algunos no importa, que hoy solo la Bolsa cuenta.
La Bolsa y salud financiera.
Y palacios de cristal amparan su complacencia; no incomoda el infierno de otros a su parásita juerga.
La conservación del mundo y del hombre exige una acción perentoria. En su nombre, atajar el chiflado "Juego mundial del dinero", y el "Juego mundial del humano" volverlo.
Hermosas palabras escritas en universales tratados, de los derechos humanos, Constituciones de países con la suerte de tenerlas, en las placas a los pies de las estatuas de hombres y mujeres que admiramos..., protestan la hipocresía de unos hechos evidentes. Protestan a este absurdo juego: ¡Vamos ya, detente!
Viejos roles detentando el dominio y el poder, solo por disponer de ese engendro nuclear, o armas de menor capacidad letal, pero causantes igual... de miedo, daño o muerte. Ese afán insano por la superioridad, o el ansia enfermiza de apropiación de nuevos territorios, o nuevos recursos naturales..., todo ello remanente estigma de infrahumanidad. Lacra enquistada en corazones de granito, que aún pretenden revivir la Historia anterior. Pero se han quedado en un pretérito, cuyo futuro es la nada. Son solo época pasada.
Pero se causa daño. Y ese daño vuelve a nosotros. Se hace nuestro problema.
Creamos armas ideadas por mentes perturbadas, y a nosotros mismos nos matan. Envenenamos el aire volviéndolo irrespirable y dañino, y nuestros pulmones sufren ese veneno que antes era nuestro soporte vital. "Envolvemos" océanos y mares con plexiglás y celofán, y matamos o contaminamos la vida que hay en ellos, envenenando a la vez una parte de nuestro sustento. Lanzamos a los cielos emisiones nauseabundas que han enviado nuestra atmósfera al frenopático, desestabilizando el clima planetario...
Pero llega una transformación que hace asumir un pensamiento, una cultura nueva. Y valora a cada ser viviente. Pensante o no: sintiente. Hombre, mujer, animal o planta... planeta.
Todos los seres, la Tierra también como ser vivo que es, somos interdependientes. Esta maravilla enorme, esférica y azul, girando en el vacío del cosmos, es quien en realidad posee el auténtico poder. Un insólito poder: es-capaz-de-generar-vida.
Nos acoge y permite la de cada uno de nosotros en ella.
Somos, reprobablemente, bien capaces de acabar con nosotros, pero no parece que de ello queramos darnos cuenta. Y sin embargo, el problema es solo nuestro.
Ella seguirá; quizá albergando nuevas formas vivas, distintas a las actuales...., qué más le da: ella seguirá.
La vida siempre sigue.
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