Bucha (Ucrania)

5 de Abril del 2022 - Marcelo Noboa Fiallo (Málaga)

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial o, si prefieren, cuando Europa fue liberada del terror nazi, los ciudadanos europeos (y por extensión, los del resto del mundo) tardaron mucho tiempo en conocer la magnitud del horror. Los sobrevivientes del Holocausto tardaron mucho más en procesar lo vivido porque el terror los anuló como personas. Por entonces se acabaron las palabras y durante mucho tiempo solo quedó el silencio.

Europa dijo “Nunca más” porque era imposible otro escenario más cruel que el vivido. Así nació la voluntad firme de las naciones europeas de crear un espacio de convivencia, sobre los cadáveres y las cenizas de destrucción nacidas de una mente enferma como la de Hitler.

Todo esto es Historia y los detalles los hemos ido conociendo poco a poco, procesando lo vivido y lo contado, con el estupor como escudo. Con la guerra de Putin sobre Ucrania, la diferencia es que no es necesario que pasen años para conocer lo que está ocurriendo. Hoy la guerra la vivimos en directo desde cualquier parte del mundo. Minuto a minuto, mientras comemos o nos preparamos para ir al trabajo, desde nuestros hogares, gracias a ese otro “ejército” de periodistas y reporteros gráficos en el frente de batalla que, además de jugarse la vida por informar, cumplen otra misión: la de luchar contra las “fakes” de las redes sociales o la propaganda directamente construida por determinados poderes. En el caso de la guerra de Putin, es más que evidente el descaro con el que fabrican sus relatos y la ausencia de prensa libre en su país, lo que hace que sus ciudadanos mayoritariamente desconozcan las atrocidades que se están cometiendo contra la población civil ucraniana.

Al igual que todavía quedan sobrevivientes del horror nazi que no han conseguido superar el trauma sufrido, también quedan, por desgracia, los negacionistas de aquella barbarie, que alimentan a los neonazis que se pasean por las calles de Europa; al igual que los negacionistas de las atrocidades de Putin en suelo ucraniano, que no solo niegan que soldados rusos pudieran cometerlos, sino que además creen la versión del exagente de la KGB, quien nos toma a los occidentales por imbéciles e imputa al Gobierno de Ucrania de un supuesto montaje con los cadáveres y de censurar a la prensa oficial rusa en Occidente. Supongo que toda la prensa libre que ha tenido que salir huyendo de Rusia y los periodistas occidentales de todos los medios de comunicación, al escuchar estas sandeces que solo caben en mentalidades fundamentalistas, se deben revolver en sus “trincheras” informativas.

La vuelta de tuerca se ha dado esta vez desde el Kremlin. Las imágenes que estos días nos llegan desde poblaciones cercanas a Kiev, como Bucha (cuyo cometido era proteger a su capital), tras la retirada del Ejército ruso, nos recuerdan las atrocidades cometidas en los Balcanes o directamente emparentan con lo que creíamos superado: el horror nazi. Pues bien, el exagente de la KGB y hoy nuevo Zar de Rusia, como decíamos, asegura que es un montaje. No se puede ser más miserable e insultar a la inteligencia. Frente a ello, ¿qué tenemos? Los testimonios de centenares de familiares y amigos de los torturados y asesinados a sangre fría, recogidos en un informe demoledor por parte de Human Rights Watch, y de los periodistas de medio mundo desplazados al campo de batalla, que informan de lo que ven y que empiezan sus crónicas con una prudente y profesional “según manifiestan desde...”. Algunos no pueden contener la rabia y el dolor de lo que ven y se expresan a través de sus tuits, como lo ha hecho la periodista Almudena Ariza, de TVE: “Es insoportable, el horror no tiene fin”.

Vladimir Putin no solo aprendió en el KGB a manipular y “fabricar horror”, sino que asumió los principios y el legado del jefe de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels. Gracias a las investigaciones periodísticas hoy sabemos que él sí fue capaz de montar toda aquella infamia que quedará para la Historia sobre los supuestos atentados de chechenos en suelo ruso. Putin llegó a primer ministro en uno de los peores momentos por los que atravesaba la Federación Rusa: el hambre, la economía, el desprestigio de su presidente (Yeltsin) sumían a sus ciudadanos en la frustración y el decaimiento. Putin necesitaba buscar un revulsivo. Chechenia fue ese revulsivo. De pronto se producen una serie de atentados que convulsionan a una sociedad sin rumbo y sin liderazgo. Los atentados son atribuidos a milicias chechenas (sin ninguna prueba), pero el azar hizo “acto de presencia” y se descubrió a tres agentes del SFB (herederos del KGB) con las “manos en la masa”, con sendos cargamentos de explosivos y material terrorista escondiéndolos en un local en las afueras de Moscú. Fueron arrestados y liberados a los dos días por orden de Putin. El nuevo primer ministro asumió competencias propias de su presidente (Yeltsin) y ordenó la invasión de Chechenia para castigar a “los responsables del sufrimiento del pueblo ruso”. El sufrido pueblo ruso había encontrado al héroe que necesitaba la nueva Rusia. La Rusia de Putin.

La pregunta ahora es: ¿se puede o se debe negociar con el responsable de la barbarie? Las respuestas quizá podamos escudriñarlas en torno a la información aparecida el 2 de abril: “El Kremlin protesta porque aviones ucranianos han bombardeado depósitos de combustible en suelo ruso”. La protesta rusa viene después de 40 días de aniquilar y arrasar media Ucrania. ¿Alguien da más?

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