Sobre la tragedia
Cuando el dolor nos avasalla de manera tan grave y profunda, nos toma por entero, nos envuelve y nos deja en un estado de ceguera y confusión. Nos sitúa de tal manera en la existencia que perdemos la conciencia espacio-temporal. No existe la distancia y el tiempo es una nebulosa informe en la que las cosas pierden por completo el relieve que las define. Todavía hoy me cuesta mucho hacer un ejercicio de templanza. No es posible para la mente del ser humano comprender el hilo misterioso que entrecruza un momento definitivo en la vida de dos personas
DESTACADA COMO COLUMNA DEL LECTOR
En el pequeño tramo que hay entre el portal de tu casa y un piso más arriba se está produciendo una batalla entre la vida y la muerte; en el escaso recorrido de una escalera se engendra una oportunidad para esclavizarse o para liberarse; en el mínimo espacio de unos minutos, la vida de un ser humano inocente depende del enorme drama que se produce en la vida de otro. Sí. Para bien y para mal estamos todos a merced de todos. Ya sabemos lo que ocurre cuando una mariposa aletea en Japón. Lo sabemos, pero no lo vivimos. Esto debería hacernos reflexionar sobre la trascendencia y la responsabilidad que la sociedad entera, cada uno de nosotros, tenemos en las elecciones por las que optamos cada día, en cada momento. Si el mal afecta al cuerpo y al alma privando al hombre de su libertad para tomar las decisiones correctas en aquellas cuestiones que atentan contra el valor supremo, la sociedad entera debe ayudar a que el ser humano pueda recuperarse, si esto fuera posible, pero nunca corriendo riesgos que puedan suponer la pérdida de la vida de otros.
Haya leyes.
Esta tragedia ha modificado dramáticamente la ruta de todos los que estamos tocados por ella. El espacio que compartimos hasta ahora nunca será el mismo.
Para desgracia mayor de cualquier asesino, la vileza de sus acciones produce un movimiento radicalmente opuesto y nunca calculado por la depravación de su mente, un movimiento que unifica al ser humano y que deja aún más al descubierto la desgracia del ser que vive dividido por la maldad, sea esta del orden que sea: el movimiento unificador del amor. Una fuerza insólita de esa "sustancia" que se hace tangible, densa, compacta, llena de caricias, besos y abrazos que el pobre diablo no podrá recibir jamás. Con esta acción solo ha conseguido multiplicar eternamente la soledad de su división interna y su propia tragedia. Este amor es el que debe de vivir René, el padre de "nuestra chiquitina"; un amor que se abandona a instancias mayores "Caminando en Otra Presencia y siendo íntegro" (Dt 5,1) al despedir el funeral de su hija: "No le guardo rencor ni odio. Hay un Dios".
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