Drive my car
Cuando era un crío de 7 años, Evaristo, el "panadero itinerante" que traía el pan a casa, me llevó a acompañarle en su ruta de visitas el-pan-nuestro-de-cada-día, como decía a su clientela al presentarse, cuando le abrían la puerta.
Era mayo y rodábamos por una polvorienta carretera, entre prados de hierba fresca, cuando dijo... "Venga, cógelo tú".
Mi estatura hacía impensable una conducción completa, así que solo me senté cerca de él y agarré el volante con cierto temor curioso y aventurero a la vez. Aquella trabajada furgoneta Citroën, curtida en accidentados itinerarios y prolongadas jornadas laborales, iba ahora dirigida por mis manos: no lo podía creer. Mi vida cambió tras ese descubrimiento y ya nunca volvió a ser la anterior. Un nuevo mundo se había abierto ante mí.
Hice algunos pinitos, aunque solamente en parado, en el Seat 600E de Manolo, mi padre. Y con 11, él ya me permitía encargarme de la maniobra para dar la vuelta a su nuevo Citroën 2CV, y ponerlo en la orientación adecuada para hacer el regreso de nuestros itinerarios. Más adelante tuvo un Dyane 6 ("azulfrancia"), otro Dyane 6, (este blanco, a secas), un Seat 850 cuatro puertas, un Symca 1200 GL, un Symca 1200 modelo "Campero", un Jeep CJ 5, dos Renault 4 L, dos Renault 5, un Peugeot 205...
Sé lo sorprendente que puede parecer tal cantidad y variedad de vehículos, pero Manolo necesitaba cambiarlos con frecuencia: su trabajo le obligaba a recorrer muchos kilómetros cada año, la mayoría de ellos por carreteras y caminos en mal estado. Y esa era la causa de esa limitada longevidad.
Ya con 23, el azar me proporcionó mi primer coche, un Ford Fiesta L. Fue el premio de un sorteo en el que participé, sin esperanza alguna de llegar a ser al final el agraciado. Pero hay veces que nuestra desesperanza descuida algún resquicio, por el que aprovechan a colarse los acasos.
Pasaron luego por mis manos dos Lancia Autobianchi. El primero, de color gris metalizado, tesoro personal de mi hermana mayor, que con su amada propiedad italiana alivió temporalmente la penuria de mi forzosa inmovilidad para las exigencias del trabajo. El segundo, de color blanco, lo adquirí rápidamente, tras la obligada devolución del anterior a su propietaria. Fue una compra entusiasta, casi diría compulsiva, con la que di completo matarile a todos mis ahorros. Una consecuencia de mi enamoramiento del simpático y minúsculo modelo de la fábrica de Turín.
Después de él, un Fiat Uno, un Renault Clío, ("amarillo Brasil"), un Seat Ibiza, ("verde agua"), de nuevo otro Clío, (esta vez negro), un Citroën C4...
En mi caso, esos cambios frecuentes no estaban tan justificados, como aquellos a que se veía obligado mi progenitor. Tal vez el deseo era la única causa.
También hay que tener en cuenta los que me fueron proporcionados para mi trabajo: un Citroën 2CV, dos Renault 4L, un Suzuki (SJ 410), otro Suzuki, (esta vez SJ 413), un Nissan 4X4 Four Cyl, otro Nissan 4X4 Six Cyl, un Suzuki Jimny Diesel, otro Suzuki Jimny Gasolina, un Dacia Duster...
Y mi afición a conducir se había extendido desde bien temprano también a las motos. La vida me había hecho disfrutar de la ligereza de una vieja Vespa 150 S, "rescatada" de un desguace y que luego restauré. Tras ella, otras dos Vespas (P 200 E), una Ossa (350 Trial), una Montesa (Cota 348 Trail), aquel "furibundo demonio caballar" llamado Montesa H7 370..., una BMW F650, una BMW 1000 Paris/Dakar, una BMW GS 1100 R...
Y como mi afición a conducir también alcanzó a los circuitos permanentes, me complací con las curvas del de Pau-Arnos, en Francia; los virajes del Fernanda Pires da Silva en Estoril y los de Braga, en Portugal; el Jarama, en Madrid; Calafat, en Cataluña...
El delirio por la velocidad, que solo puede sentirse en esas tiras de asfalto, cerradas al tráfico común, disminuye únicamente por el freno que interpongan tus propias limitaciones de capacidades o miedos. Con ellas luchas para mejorar, sin embargo ellos siempre están ausentes para el que tiene esta pasión. Y a ella me enfrenté: a mí mismo. Y también a la evidencia acusatoria del cronómetro, último juez implacable, que como un moderno rey Salomón decide el resultado de tu visceral entrega.
Y eso ocurrió yendo sobre una Morini 500 V2, una Yamaha RD 350, una BMW R 850 R, una BMW K 100..., esos fueron los equinos mecánicos que procuraron a mi "espídica" avidez momentos deliciosos, en esos anillos para volar a ras de suelo.
Hago un cálculo grosso modo y determino que he sobrepasado holgadamente el millón de kilómetros conducidos. Pero cuando voy con mi mujer en el coche... callo como una estatua griega, cuando ella acompaña mi paciente y esmerada conducción con sus prevenciones continuas; tales como "cuidado con ese de delante...", "ayayay, ojo... que aquel peatón va a cruzar..." y cosas así.
No es que ella ejerza un tiránico dominio marital, ni yo tampoco un resignado acatamiento de esposo sometido. Es sólo el hecho de nuestro tácito reconocimiento: cuatro ojos ven el doble.
Así todo, me obligo a dejar de sentirme un poco incomodado, por su poca confianza en mi capacidad al volante. Entonces pongo el intermitente derecho y me detengo en la orilla. Salgo, rodeo el coche y le cedo el lugar de la responsabilidad.
Y como cada día está más próximo el momento en que me convertiré de nuevo en polvo de estrellas, me siento a su lado. Mientras, ella hace sus intentos de poner la primera velocidad, sin prestar atención a las sonoras protestas de la caja de cambios, le canto aquella de Paul de hace cincuenta y siete años:
/Baby you can drive my car/ Yes, I´m gonna be a star.../
(Chica, puedes conducir mi coche. Sí, yo voy a ser una estrella...).
Quién sabe, tal vez algún día llegue a ser parte de alguna estrella, en el cosmos. Aunque desde luego, no una de rock; como esa a la que se refiere la canción de McCartney.
Y por lo visto, según mi mujer, tampoco conduzco ya como hace cincuenta y siete años.
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