La guerra en las estanterías
Hace poco que volvimos a ver llenas las estanterías del súper. Esa sensación de opulencia que nos tranquiliza: no nos lo vamos a comer todo pero, por si acaso, mejor que esté ahí. Cuando nos faltó, empezamos a sudar frío. No sabíamos muy bien a qué se debía esa falta de surtido de lo de siempre (los macarrones, la leche). ¿La huelga del transporte? ¿La guerra de Ucrania? ¿La subida de la luz y de los costes de producción? Un galimatías de causas bailaba en nuestras cabezas al descargar las bolsas en casa. En medio de la confusión, una sola palabra se imponía: miedo.
En la siguiente compra, ya se iba tejiendo la estrategia: mirar los carros de los demás, muchos llenos a rebosar. Carros de combate en la guerra por el abastecimiento doméstico. Pensamos: mejor no acumular, esto se resolverá, habrá para todos. Pero al llegar a casa se imponía otra palabra: desconfianza.
A la tercera compra, el miedo al vacío de los lineales se consolida. La señora que entra en la sección de pasta y legumbres es una enemiga en potencia. Nos miramos. Ella también quiere tallarines, por si se aburren los niños de tanto macarrón. Pienso en mi hijo y, sin dudarlo, acelero el paso. Me llevo los dos paquetes en su cara. Pensamiento: espabila, que esto va en serio. Palabra al llegar a casa: alerta.
Por lo que sea, la semana pasada no he ido al súper. La guerra sigue en los medios (la de Ucrania, la de los políticos, la de los ricos y pobres). En casa hay fruta, macarrones, leche. Y superávit de tallarines, los conquistados en la operación relámpago del tercer día de la guerra de las estanterías. Ahora los miro y me doy pena. Miedo, desconfianza y alerta: así se envenena todo.
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