Entre el espasmo y la desorientación
Este Domingo de Pascua me dio por madrugar. Solo pensaba encontrar serenidad en mi ciudad. Siempre fueron para mí los días más encantadores del año. Y a estas alturas esperaba que, tan de mañana, solo iba a encontrar esa serenidad solo sensible a la luz. La Pascua siempre tuvo para mí un gran significado. Pero en la primera callejuela de la ciudad antigua me encuentro con una pareja que no pasaba de los 14. Salían de un baile nocturno e iban a las claras anunciado su presencia con un vaso mediado tal vez de bebida fuerte. Lo pensé por sus ojeras y sus gestos ambivalentes, que seguían ritmos de una música que yo no escuchaba. Tras ellos, otra parejita casi tan joven acariciaba sus partes ocultas, tal vez intentando desvelar y exponer su vitalidad. La verdad es que a estas alturas de la vida ya no me asustan estas inesperadas escenas. Aunque era la mañana de la Pascua, en la que yo siempre disfrutaba tan solo de la más brillante paz.
Pocos momentos después, pude comprar el periódico. Pensaba leerlo más tarde en el parque. Pero ahora me sentía intranquilo. No suelo estarlo, ni tampoco me gusta ponerme en plan consejero. Pero leyendo la prensa más tarde siento que otras situaciones me han de inquietar más aún. Hay situaciones que se agravan cada día más: la pandemia (que me ha afectado seriamente). Y existen otras situaciones que están cambiando radicalmente nuestra vida, el devenir del mundo, los comportamientos sociales, las creencias individuales, la convivencia y la visión más pesimista de nuestro futuro. Para mí es algo muy preocupante. Me pregunto: ¿hacia dónde nos estamos deslizando? Era la mañana de la Pascua. A pesar de los espasmos y desorientaciones de nuestra época, y de que la vida parezca hecha con momentos para la verdad y la mentira, no debieran desaparecer estos momentos en los que aparezcan belleza y necesidad.
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