Nublado general
A mi edad protestar es negarme a que se reduzcan a cero y al silencio todo lo que fueron los valores sagrados, míos y de tantos. Y en el momento en el que me hago esta pregunta adquiere la gravedad de una amenaza permanente. Siempre pensé que el auténtico saber no sigue los caminos de la moda, sino que los crea. Me enseñaron que la sabiduría era armonía personal con la realidad, con Dios y con uno mismo. Y hemos de ser espejo de toda la realidadad. Eso es lo que me enseñaron y hoy no quisiera equivocarme.
¿En qué hemos transformado nuestras comunidades? El robot humanoide que pudiera ser nuestro próximo compañero y ayudante, ¿no nos amenazaría con hipótesis mucho más sombrías? ¿No hay ya suficientes personas en paro para que les quiten los humanoides posibilidades de trabajo? Muchas veces se habla de ese posible futuro con verdadero desconocimiento. Comprobamos así cada día cómo tantos jóvenes crecen en el conocimiento del inglés y decrecen en el interés por conocer el propio idioma. Nunca ha habido un momento en la humanidad con más información y menos conocimiento. Y son muchos los que temen todo esto que nos está llegando.
Creyente como soy, vivo con auténtica pena los tristes momentos por los que pasa la Iglesia. Pero no quiero ser un cristiano desasosegado por llegar a arriesgadas metas aún desconocidas, sino disfrutar del camino andado hasta ahora con los míos y de los momentos felices que la realidad me depare. Pero veo con auténtica pena que el mundo problemático de hoy también es el mundo de la Iglesia. ¿Qué hemos hecho con la teología de la liberación, o con los iluminadores pensamientos de Guardini, Rahner, Balthasar, Juan XXIII, Schillebeeeckx y tantísimos otros? Con qué desenvoltura muchos hablan, tantos ignorantes. No olvidemos que el fanatismo fue el soporte ideológico de las caza de brujas y de la Inquisición. ¿Qué sucede cuando no somos capaces de hablar de Jesucristo? Seremos nuestro peor enemigo si no hemos acertado a saber de qué va la partida.
Los excesos optimistas ocultan la realidad. Pero el miedo no debe erigirse en guía de nuestro ser y hacer. Paul Ricoeur nos aconsejaría el encuentro creativo de unos y otros para la fecundidad personal y comunitaria. Y no hay marcha atrás, pues sería un juego fatuo. Temo que el nublado se agrande, pues parece que nuestra conciencia aún no está globalizada. Y no me alargo más. Perdonad mi brevedad, pues con mis esquemas podría ser injusto con los lectores más optimistas de LA NUEVA ESPAÑA.
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