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Inmersión ideológica (1ª parte).

8 de Mayo del 2022 - Juan Antonio Sáenz de Rodrigáñez Maldonado (Luarca)

La inmersión ideológica –“nuevalengua” orwelliana– llevada a cabo en Cataluña, en las Vascongadas y, desde el zapaterismo, en todo el Estado español ha sido una práctica habitual entre grupos humanos basada en la relación de dominantes-dominados. Las monarquías mesopotámicas, así como la faraónica egipcia, ejercían el control de las conciencias de los súbditos, sabedores de que solo mediante este proceder se alcanza la subyugación plena del propio pueblo y de los conquistados. Ambas civilizaciones, la mesopotámica y la egipcia, compartían la concepción teocrática del orden social: la misma persona es la deidad en el templo y el déspota en el trono. Cuando un nuevo déspota se hacía con el control del poder, imponía los dioses de su familia a los súbditos; cuando un pueblo era invadido por otro, el sometimiento se llevaba a cabo mediante la imposición no solo del culto al teócrata, sino también de la lengua del pueblo invasor (“Toda la tierra era un único labio... una única boca”, Génesis, 11, 1-9).

En la civilización helénica, el modelo de inmersión ideológica lo representa Esparta. El Estado espartano asume la educación de los súbditos. La finalidad de esta educación es doblegar la voluntad de los individuos mediante la formación de la conciencia de “los iguales” (“los nosotros”, Yevgueni Zamiatin). Instituyen para este fin la figura del “paidónomos” (“El Ministerio de la Verdad” orwelliano, hoy, “Ministerio de la Igualdad” y el de “La Verdad Histórica” del zapaterismo), cuya función es reprimir en el individuo humano la inclinación natural a la singularidad, invadiendo y restringiendo todos los ámbitos de su intimidad. En todas las versiones autoritarias, ya sea fascista o comunista o teocrática, el objetivo perseguido por el poder es la instrucción de las mentes infantiles en una única forma de pensar, sentir, desear y preferir. Para conseguir este objetivo es necesario arrebatar al niño de su ambiente familiar, por ser este el medio donde se fomenta la singularidad y se construye la individualidad. El Estado, pues, pasa a tutelar a los niños y los arroja a los talleres de homogenización moral e intelectual, como lo fueron “los rebaños” en el Estado espartano.

Cabe la figura del paidónomos o encargado de la instrucción ideológica, el Estado espartano instituye la figura del “eforado” (ephoros), cuya competencia es comparable a la de los sicofantas atenienses. No existió ningún ámbito de la vida donde no intervinieran. El ejercicio de sus funciones los lleva a invadir la esfera de lo privado, así como a erigirse en custodios de la salud política de los ciudadanos atenienses, a modo y semejanza de “El Hermano Mayor vela por ti” y la “Policía del pensamiento” orwellianos o el “Protector” de Yevgueni Zamiatin. Veinticuatro siglos más tarde, el fascismo y el comunismo marxiano, durante la revolución bolchevique de 1917, instituye las checas, cuyo cometido era “suprimir y liquidar” a la disidencia u opositor político; a imagen y semejanza de la checa leninista, el fasciosocialismo alemán crea el cuerpo de las SS y, finalizada la Segunda Guerra Mundial, el comunismo de la Alemania Este crea el cuerpo de la Stasi. Este control del Estado se extiende como una sombra siniestra que penetra en todos los órdenes de la vida del individuo, para acabar minando su conciencia, como “Hall 9000” en “2001: Odisea del espacio”, y cuya finalidad es doble: tanto vigilar como suprimir o liquidar a los críticos con el sistema y, al mismo tiempo, ejercer de Estado paternalista y proveedor, encargado de diseñar la felicidad y el estado de bienestar de los súbditos.

Es el caso que quien tiene mentalidad autoritaria no halla satisfacción plena a su ansia de poder mientras no consigue doblegar en cuerpo y alma a su sometido, inclinación también presente en los maltratadores y acosadores. El tirano, el déspota, el dictador, es consciente de que el ejercicio de la fuerza física no basta para lograr el completo sometimiento. Es sabedor de que en cada individuo hay una fortaleza en buena medida inexpugnable, como es la conciencia, en la que se refugia y resiste a los ataques del poder. Es esta la razón de que la herramienta fundamental empleada en los regímenes autoritarios sea la manipulación de la conciencia infantil. De ahí el interés del Estado autoritario fascista o comunista o teocrático por planificar y llevar a cabo la tarea de educar a las nuevas generaciones, desde la más tierna infancia, como ha sido novelado en “Un mundo feliz”.

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