Inmersión Ideológica (y 2.ª parte)
En la Historia, la primera defensa de la libertad de conciencia y, consiguientemente, la primera acción de contrapoder, de oposición al proceso de ideologización, la lleva a cabo el Nazareno. Al respecto, en el Nuevo Testamento, se dice: "Dijo a sus discípulos: es inevitable que haya escándalos; sin embargo, ¡hay de aquel por quien vengan! Mejor le fuera que le atasen al cuello una rueda de molino y le arrojasen al mar entes que escandalizar a uno de estos pequeños"(Lucas, 17, 1-2). Hoy, como ley positiva, nuestra Constitución Española de 1978 pone límite a la pretensión del poder en su inclinación natural a ideologizar a los gobernados: "Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones" (ART. 27.3).
En la Historia de la humanidad, la tradición judeocristiana de la "Torre de Babel" (G. 11, 1-9) representa la ruptura con el modelo teocrático y, consiguientemente, con la inmersión ideológica. Largo ha sido el trayecto de la humanidad, desde que el pueblo de Israel abraza la fe en Yahvé y acata su voluntad y, consiguientemente, obedece su ley. Este hecho explica que, en la tradición judeocristiana, "La confusión de las lenguas" represente la liberación de los pueblos sojuzgados y la superación del modelo teocrático, así como la asunción de la existencia de Jahvé, Dios trascendente, no identificable ni con ninguna familia ni casta ni déspota. Lo relevante es que esta ley jáhvica establece que todos los hombres -por ser hijos del Hacedor- son "iguales entre ellos" (Ensayo sobre el gobierno civil, Locke); consiguientemente, toda relación dada ha de ser "sin subordinación y sometimiento" (Locke). La igualdad en naturaleza y la condición de libre -sin subordinación ni sometimiento- hace a cada miembro de la sociedad el único responsable "para ordenar sus actos y para disponer de sus propiedades y de su persona como mejor le parezca" (Locke).
En este orden de convicciones, la Voluntad Omnipotente de Jahvé Dios, manifiesta en su ley representa la limitación a toda forma despótica o tiránica de gobierno humano. Se entiende que sea así, porque la ley yáhvica establece como principios sagrados la vida del individuo (árbol de la vida) y la libertad del individuo (árbol de la sabiduría del bien y del mal). Para que la observancia de ambos principios sea lo más escrupulosa y sin reservas, los dos primeros preceptos del Decálogo establecen que todo monarca, así como los gobernados, deben acatar solo la ley de Yahvé ("Amarás a Dios sobre todas las cosas") y, en segundo lugar, nadie puede erigirse en teócrata o tirano de su pueblo ("No tomarás el nombre de Dios en vano").
Representa, pues, este monoteísmo jáhvico la vocación del pueblo judío de sacudirse el yugo impuesto por el despotismo, así como la ruptura y superación del modelo teocrático ("Yahvé-yiré", G. 22, 14 ); lo que le ha valido la condición de pueblo perseguido. Por su parte, Jesús de Nazaret, miembro del pueblo de Israel, deja establecido, en el día de su bautismo, el compromiso en hacer cumplir la ley, asumiendo así la figura del contrapoder. Por voluntad propia, hace suyo el drama del dolor y se coloca a este lado de acá, el de las víctimas de injusticia y de abuso del poder y, en la densa y ondulada soledad de quien ha sido traicionado y abandonado de los suyos, sufre la intolerancia, la persecución, la prisión, la tortura y vejación, para finalmente acabar en el dolor y lenta agonía de una crucifixión. El creyente cristiano, por su parte, en la oración de la primera parte del Padre Nuestro, expresa esta asunción de la Voluntad de Yahvé y, con ello, el reconocimiento de una ley trascendente a los hombres ("...que estás en el cielo") y, al mismo tiempo, la voluntad de acatarla tanto por monarcas como por los ciudadanos ("hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo"). Con el transcurrir del tiempo, esta herencia de la ley yáhvica, en la Escuela de Salamanca, ha sido el pilar sobre el que se ha elaborado la doctrina de la limitación del Gobierno.
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