El aborto, cuestión compleja
Existen determinados asuntos que comportan una profundidad y una complejidad indudables, por lo que no conviene afrontarlos con certezas absolutas y dogmáticas, sino más bien con amplitud de miras y grandes dosis de tolerancia.
Por descontado, cabe defender cualquier planteamiento, con el único límite del respeto más absoluto a los Derechos Humanos y a la legalidad internacional. A partir de ahí, cada cual puede pensar, expresar y defender lo que considere conveniente.
Desde ese punto de partida, tanto el ordenamiento jurídico como los convencionalismos sociales no son más que el marco que nos damos para acotar los límites y saber dónde termina nuestra libertad y dónde comienza la de los demás.
La interrupción voluntaria del embarazo es, sin duda, uno de esos temas espinosos. Afecta a la vida y, por tanto, está imbuido de una importancia mayúscula. Y despierta innumerables e interminables debates, casi siempre con un fuerte componente ideológico.
La posible ilegalización del aborto por parte del Supremo de EE UU -confirmado por una inhabitual y extensa mayoría conservadora- y el proyecto de ley del aborto que se tramita en España, y que pretende que las mujeres puedan abortar sin permiso de sus padres a partir de los 16 años, otorgan máxima actualidad a la cuestión.
Más allá de pareceres en uno y otro sentido, la decisión que se dé en el país norteamericano influirá en numerosas legislaciones nacionales por todo el planeta, y con ello en la vida de millones de personas. Ese marco del que antes hablábamos y que teníamos como algo decidido en comunidad puede saltar por los aires, creando indefensión en muchísimas mujeres de todo el mundo.
Por otro lado, el borrador de ley española también resulta, por supuesto, discutible, pero realiza aportaciones valiosas, como un permiso remunerado en el tramo final de embarazo, y se ocupa por primera vez de la salud menstrual.
A riesgo de ser considerada una petición naif, la complejidad y la trascendencia del asunto son tan grandes y evidentes que cabe esperar un debate político y social amplio, profundo y sosegado, del que emanen unos mínimos de consenso. Solo así iremos construyendo comunidad y avanzando en cuestiones que nos afectan a todas y a todos.
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