Visita a nuestra Catedral
No es ahora tan fácil hacer una visita a nuestra Catedral. Y no voy a hablar tampoco de su historia y belleza. Quisiera hacerle solo una visita de ignorante admirador. Teniéndola tan cerca no comprendo ciertas dificultades para hacerle una visita a este escenario ideal. Y digo esto porque en ella se dan momentos, aunque no muchos, en los que nuestra catedral está abarrotada de visitantes, es decir, de vivos. Pero siempre abarrotada, como todas nuestras catedrales, de muertos, es decir, de santos. Los visitantes entran y salen. Los santos que la abarrotan están allí siempre. Y para muchos ellos están más vivos que los visitantes. En ciertos momentos o ceremonias nos mezclamos, como fusionando nuestros corazones redimidos. Son esos momentos de quietud o soledad donde todo se hace más profundo. Y sus atardeceres nos deslumbran como cielos estrellados de imágenes inexplicables. El silencio entonces nos da esa paz inesperada de lo inimaginable. Y uno termina preguntándose cómo es posible esta oportunidad y desaprovecharla. Vivir momentos así es ganar el terreno más afortunado que puede brindar la paz. Escenario dual que siempre provoca paz y alivio singulares. Contemplar nuestra Catedral es poder ver nuestro mundo desde una perspectiva orientada a la eternidad.
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