Receta para la vejez
Lo encuentro natural, al menos en mí. Soy un viejo. Jo, me cuesta escribirlo. No me hago a la idea. Pero, oye, es lo que hay, y lógico que, siendo un viejo, cuestión que veo como algo muy malo, especule sobre, como curarlo no, evidentemente, sería una necedad, pienso en cuidados paliativos que ayuden a sobrellevar esta acongojante condición. Y no lo hago buscando una retahíla de consejos que ya simplemente por su extensión se hagan insufribles, no, lo que busco es una receta comprimida, no enrollada que te haga desecharla porque te deja exhausto solo de pensarla.
Y pensando, pensando, la mejor receta contra la vejez: pensar sin tener en cuenta los años y actuar teniéndolos muy en cuenta.
Una maravilla. Pero, claro, lo malo de las recetas maravillosas es que necesitan de otras recetas que te ayuden a llevarlas a cabo.
Porque, las recetas de contenidos físicos, chupadas. Qué problema tiene el tomar una pastilla, echar un trago de alguna pócima o aguantar la respiración para el pinchazo de la inyección. La vaina es para las recetas mentales. Cómo dejo yo de pensar en la vieyera si, al semiincorporarme sentándome en la cama, al despertar, e inclinarme para coger los calcetines, ya los años me gritan, y no digamos para ponérmelos.
Lo que es, para mí al menos, imposible, quitarme los años del pensamiento y, en cuanto a lo de actuar teniéndolos muy en cuanta, quizá no sea imposible, pero, coño, difícil es de carayu. Hace como un año la necesidad me hizo echar una carrerina espontánea y anduve ocho o diez meses a la pata coja con el tendón de Aquiles martirizándome sin compasión.
De manera que sigo pensando, interrumpo durante la visión de alguna peli, serie o partido del Madrid, pero siempre llego a la misma conclusión: contra la vieyera no hay manera.
Y es sabido: Si no puedes luchar, acepta.
Lo que me hace volver a empezar: cuál es la receta para aceptar.
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