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Los pedos de Dios

11 de Junio del 2022 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

Me he vuelto a enganchar a la serie “Borgen”, como lo hice en 2016. La actual serie es una continuación de aquella, bajo el subtítulo de “Reino, poder y gloria”.

En el año 2016, en España, habían nacido los nuevos partidos que rompieron definitivamente con el bipartidismo y prometían “otra política posible” tras el 15M. Pablo Iglesias surfeaba sobre una gran ola de popularidad y encuestas superfavorables. Se paseaba por los “platós” con su serie favorita “Juego de Tronos” (incluso regaló a Felipe VI un ejemplar) y contribuyó al enganche de miles de españoles a la serie. Confieso que yo no fui capaz de terminarla, a duras penas llegué al cuarto o quinto episodio.

Por entonces, escribí un artículo titulado: “Menos Juego de Tronos y más Borgen”, en el cual sucintamente manifestaba mi preferencia por la serie danesa, a pesar de que hasta entonces no había visto muchas series en la televisión. La idea de sujetarme a un día concreto y a una hora señalada por una cadena de televisión para continuar con una trama determinada me resultaba poco atractiva; por ello me he perdido series que se me recomendaban y que, al parecer, son fantásticas (“Los Soprano”, “The Wire”, “La casa de papel”...), pero desde hace algún tiempo me ha ocurrido como a Jorge M. Reverte, que, de tanto oír hablar de ello, uno decide probar. Así conseguí ver algunos capítulos de la serie favorita de Pablo Iglesias, pero terminé agotado.

Coincido con Jorge M. Reverte en la valoración de la serie “Juego de Tronos”: “La serie es pornografía pura, alimento del instinto sadomasoquista, placer para bebedores de sangre fresca y comedores de carne prohibida... En realidad, es tan escatológica que llega a niveles desconocidos de moralina”. En su favor creo necesario reconocer que contaba con excelentes guionistas y una gran capacidad para mantener la intriga a la espera de un nuevo capítulo.

Por otro lado, gracias a la recomendación del incansable y cada vez más admirado Carlos Boyero me enganché a la serie “Borgen”. Sencillamente impecable. Emitida por la cadena pública de aquel país y en España por una plataforma de pago, nos narraba las interioridades de la política danesa a través de Birgitte Nyborg, primera mujer que llega a primera ministra en su país.

Por supuesto no hay nada de sangre, de escenas escatológicas, de mitología barata, de mercadeo de castillos, ni asaltos a fortalezas inverosímiles, ni ejércitos de muertos resucitados; por el contrario, “Borgen” nos invita a adentrarnos en los mecanismos del poder tal como lo viven y lo ejercitan en la sociedad danesa, en las democracias avanzadas. Pero lo que hace que la serie sea atractiva es su credibilidad. El tratamiento del mundo del periodismo es creíble. La lucha por el poder es creíble. Los personajes son extraordinariamente creíbles, tan de carne y hueso que la actividad política termina haciendo mella en sus familias, en sus hijos, en sus parejas y viceversa... como la vida misma en Dinamarca.

Si yo tuviese que hacer un regalo de estas características a nuestros políticos, no tendría ninguna duda de que sería la serie “Borgen”, porque allí se visibiliza la metáfora de la representatividad ciudadana, como, por cierto, ha sido en los últimos sesenta años la política en los países nórdicos. Nadie ha pretendido “tomar el cielo por asalto”, entre otras cosas, porque los políticos allí sí se creen el mensaje de los electores y la pluralidad de la sociedad. La política es un duro trabajo de tejer consensos, de muñir acuerdos, de conseguir pactos. Los gobiernos en Dinamarca, y, por extensión, en los países nórdicos, se construyen con tres o cuatro partidos, de acuerdo con lo deseado por la sociedad en las urnas, y la lealtad es la divisa a defender ante la sociedad y la prensa (otra cosa son los debates y las discrepancias intramuros en el Palacio de Christiansborg entre las distintas fuerzas políticas).

En el segundo capítulo de la actual temporada hay un diálogo memorable que por sí mismo merecería un “Oscar” el guionista. El asesor de la ministra de Asuntos Exteriores (Birgitte Nyborg) mantiene una charla con una interlocutora groenlandesa frente a la inmensidad y cuasi infinito hielo antártico, para intentar que no se proceda a la extracción del petróleo descubierto y en el que EE UU, China y Rusia juegan sus cartas y sus intereses. Ella le invita a un “gin-tonic” que trae preparado de casa, pero sin hielo, se levanta de la roca en la que están charlando y coge un trozo de hielo natural que flota en el agua y lo trocea. Él le comenta que acaba de trocear 3.000 años de vida y de historia groenlandesa. Ella escucha el ligero crujido que los trocitos de hielo emiten en su contacto con la ginebra en el vaso y se lo cometa a él. Él, tras unos segundos de escucha, en medio de aquel silencio sobrecogedor, sentencia: “Son los pedos de Dios”. ¡Genial! No se puede resumir mejor en una frase el llanto del planeta, la queja de la vida y, a la vez, la protesta, por la autodestrucción de nuestro único mundo, sin que resulte escatológico.

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