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Y llegaron los sacrificios

12 de Junio del 2022 - J. J. J. Suárez González (Gijón)

Desde 2012, he sido muy crítico con las políticas neokeynesianas que los países occidentales, y Japón, han estado implementando, especialmente con las políticas monetarias de sus bancos centrales. ¿Se imagina usted a una familia que tiene x ingresos, pero que tiene más gastos que ingresos, y para poder cubrir esos gastos se dedica a endeudarse en vez de ajustar los gastos a los ingresos o viceversa? Pues bien, es de Perogrullo que ni una familia ni un Estado se pueden endeudar indefinidamente y cada vez más. Pero así sobreviven algunas familias y algunos estados, hasta que la realidad impone su dictadura. Para evitar la dictadura de la realidad, cuando ya nadie compraba a un interés bajo la deuda de los estados y los intereses del mercado imponían una amortización de esa deuda imposible de asumir, a los gobiernos y a las instituciones económicas y financieras supranacionales se les ocurrió la brillante idea de que fueran los bancos centrales los que compraran a interés negativo los pufos y que imprimieran papel moneda sin respaldo de valor (dinero fiat) para tal fin. Así es como le vendieron a la gente el final de la salida de la crisis financiero-inmobiliaria de 2008, una crisis de la que nunca, en verdad, se salió, sino que se agravó, eso sí, traspasando los agujeros bancarios a los agujeros presupuestarios y a la deuda de los estados; algo así como el timo de la estampita, pero en versión un pelín, solo un pelín, más elaborada. Pero cuando introduces en el mercado elementos distorsionadores de su natural funcionamiento, billetes sin respaldo de valor e intereses negativos, eso tiene consecuencias. En el mundo cabal no se pueden comprar artículos con cromos, y no es el dueño del piso el que paga al inquilino, sino al contrario. La consecuencia más perniciosa es la inflación. Así empezó a subir la inflación. La gente tragó con todo aquello. ¿No habían tragado los ciudadanos comprando pisos al triple, o más, de su precio de coste y endeudándose con hipotecas de por vida? Entonces llegó la segunda parte de la película: apareció la epidemia del covid cuando la situación económica de los países occidentales, y de Japón, ya era extremadamente delicada. Como lo de imprimir dinero de mentira para comprar deuda parecía que había funcionado, pues los bancos centrales imprimieron más dinero de mentira que nunca. Solo la Reserva Federal de EE UU imprimió más de seis billones de dólares de dinero fiat para repartirlo gentilmente entre particulares y empresas. En aquellos meses se escucharon muchas voces, algunas falsamente progresistas, que aplaudían lo que se estaba haciendo y que renegaban de la política de ajustes que se había implementado tras la explosión de la burbuja financiero-inmobiliaria y que se mantuvo algo menos de dos años. “No podemos permitir que sea la gente la que vuelva a pagar los platos rotos”. “Esta vez hay que hacer políticas keynesianas”. El mundo de Alicia solo está en un cuento. Solo cuatro gatos en Occidente, y en Japón, nos atrevimos a decir que se estaba cometiendo un tremendo error, que no tener políticas monetarias y presupuestarias rigurosas provocaría primero inflación, después hiperinflación y finalmente estanflación, y que serían los ciudadanos los que, con sus sacrificios, pagarían esos errores, que sería la gente la que, con sus sacrificios, tendría que valorizar todo el dinero fiat que se había introducido en el mercado. Señoras y señores, han llegado los sacrificios. Los artículos de los supermercados han subido una media de un 25% y si usted va por la gasolinera ya sabe a qué precio están la gasolina y el gasoil. El presidente Biden -estamos hablando del presidente de un país que se autoabastece de petróleo, de gas y de cereales y que los está exportando ahora en más cantidad y más caros que nunca- ha echado, como Sánchez, la culpa de la inflación a Putin; yo no sé si los que están pagando las fechorías con su sacrificio, como les habíamos advertido mucho antes de empezar la guerra en Ucrania, se lo han creído.

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