El calentamiento global y la guerra, no es todo el problema
Cuando entro solo en el Rincón del Bacalao, normalmente ya de vuelta a casa, algo agotado por el calentamiento, Jorge aprovecha para crear ambiente a mi costa y me provoca con simpatía: “Mira, en la terraza tienes tres fumando, pero ¿qué tengo que hacer, poner un cartel enorme en la fachada?”. Un cliente en la barra interviene: “Pues se llama a la Policía”. Otro: “¿Tú has visto a la Policía alguna vez en la terraza de un bar?”. Otro: “Yo no veo que la Policía tenga que coartar las libertades”.
Al final, digo algo: “El problema es una falta de educación, y la Policía ni educa ni corrige, solo sanciona, si deciden que tienen que hacerlo. Algunas noches gente incivilizada, no educada, no corregida, atronan con su chumba chumba en un coche o en una vivienda con las ventanas abiertas, llamas a la Policía, y aunque sean las dos de la madrugada no acuden. Me imagino que tendrán sus parámetros de actuación. La Policía no puede arreglar a una generación que ha crecido al descontrol, sin disciplina paterna, sin tiempo dedicado a la educación, los demás no cuentan, no sé si a eso se puede llamar sociedad”.
Alguien apunta: “Pero si no puedes darles una torta a tus hijos porque te pueden denunciar”... Le respondo: “Si no puedes educar a los hijos es mejor que no los tengas, porque si más tarde se echan a la droga, maltratan o matan a la pareja, o incluso a su propia madre, al menos quienes tuvieron la responsabilidad de educar, aunque puedan excusarse delante de los hombres no habrá excusa delante de Dios, él ha visto lo que has hecho y lo que no (Juan 3:19)”.
Desgraciadamente vamos llegando a unos niveles de incivismo, inmoralidad y delincuencia que no van a compensar por el esfuerzo ahorrado en educación. Y el futuro que se presenta no va a ayudar cuando los jóvenes de 16 años puedan votar, abortar, conducir, fumar, beber, sexuar, así o asá, quedarse con la vivienda de otro, etc., etc., sin control paterno alguno. Yo abogo por la responsabilidad personal independiente de política, modas o el aire de los tiempos, y les pregunto a mis hijos que tienen alrededor de 50 años: “¿Alguna de las tortas que os he dado os duele todavía?”. La respuesta: “Al contrario, te quiero también por eso, y sé que te dolieron más a ti que a mí, gracias, papá”.
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